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León

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No es lo mismo ser peregrino que ser arriero, aunque los dos se dejen igualmente las entrañas en las cunetas del camino. No es lo mismo llevar del ramal una recua de bestias de carga, que caminar hacia Santiago de Compostela con el alma sobrecogida y el corazón anhelante ante la promesa de postrarse a los pies del Apóstol. Pero hay ocasiones en las que el arriero, más allá de su destino de transportista impenitente, por encima de su sino de traer y llevar aquello que se ha de convertir en polvo de aquí para allá, decide olvidarse de mayores designios y se rebela ante la rutina. El arriero se impone la tarea de transportar su alma pecadora a Compostela, entonces bien puede decirse que el prosaico arreador de rocines de poco pelo se ha transmutado, por obra y gracia jacobea, en un auténtico peregrino (peregrino es aquel que va o viene a Santiago de Compostela). Eduardo García Carmona, compañero desde hace muchos años en esta profesión de cuenta cosas, no sabemos si se hizo primero arriero o peregrino, pero lo cierto es que un buen día, rodeado de amigos, decidió coger al paso una más que típica tartana para transitar en humildad, siguiendo el brillo plateado de las estrellas de la Vía Láctea, hasta la tumba de Santiago. Por cierto, santa manía la de autonombrarse periodista, cuando lo suyo, como lo mío, es ser y ejercer primordialmente de radiofonista, profesión para la que no hacen falta cuartillas y en la que se escribe en aire con voz sonora, lo que es, sin duda, mucho más difícil y poético que hacerlo sobre papel reciclado. Y del viaje, de la larga caminata. Ha nacido un libro: Arrieros en el Camino de Santiago. Historias de un Viaje. En él ha tratado Carmona de contar todos y cada uno de los avatares de su peregrinación santiaguista. Retrata a la gente con la que se encontró a las orillas de la senda jacobea. Explica las fatigas de los jumentos que arrastraron penosamente la carreta por las difíciles trochas y los complicados vericuetos del camino. Relata con pasión encendida las largas veladas de descanso al lado del fuego saboreando los más exquisitos majares y deleitandose con los vinos más generosos. Cuenta y no acaba de la poesía de las noches a la intemperie con las estrellas como único manto protector. Y comenta, con gracia coloquial, la admiración que la pintoresca caravana levantó a lo largo de su recorrido hasta llegar a la mismísima Plaza del Obradoiro. Kilómetros de anécdotas, de fatigas, de vientos y sol, para llegar finalmente, emocionados y satisfechos, al Finisterre de todos los caminos, a la tumba del apóstol Santiago. Se trata de un libro sencillo. sin ambiciones literarias ni de investigación histórica o geográfica. Es, en esencia, el pequeño diario de una expedición de benditos locos que quisieron convertirse durante unos días en arrieros y peregrinos y que ahora, como una ofrenda más, pretenden hacernos partícipes de su aventura. Si lo logran o no tendrán que decidirlo los lectores.

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