Diario de León

Zapico se va, la torería que regó toda su vida se queda

La iglesia de Santa Marina, en la que nació hace 92 años, despide hoy al torero leonés, personaje irrepetible del paisanaje local

Felipe Zapico.

Felipe Zapico.Jesus F.Salvadores

María Jesús Muñiz Prieto
León

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Si no hubiera nacido... nadie podría inventarlo. Porque ha sido, será siempre, único. Grande, para lo bueno y para lo no tanto, porque sólo así se es grande de verdad.

Pero nació. En la misma iglesia de Santa Marina la Real que hoy despide su andar torero y su sombrero ladeado. Su sorna y su torrente de ideas, atropellado porque las palabras nunca consiguieron seguir el ritmo de una mente de frenética agilidad. Su forma de ser apasionada sin límites. Su energía hasta hoy inagotable. Su amor infinito por los suyos. Su orgullo del brazo de Conchi. Sus lágrimas cuando algo le emocionaba, y eso era frecuente.

Felipe Zapico lloró de amor y de pena, de rabia y sobre todo de felicidad. Siempre dio las gracias a una larga vida que le bendijo con una fortuna que a veces le daba miedo. Más miedo que los toros, más que los tropiezos empresariales y del corazón, más que los enfados que supo restañar a tiempo. «Es que yo he tenido mucha suerte», repetía.

Nació torero en la iglesia de Santa Marina, donde su padre era sacristán (además de otros apaños), sin saber todavía que lo era. Atrapó su sueño corriendo apenas en la niñez en los topes de un tren, para zascandilear y probar la suerte de la gloria como maletilla y novillero. Fue banderillero de larga trayectoria y empresario de irregular fortuna. Conquistador en el más amplio sentido de la palabra, capaz de comunicar con la honestidad lo que la academia le hubiera negado. Hasta el último suspiro, activo imparable en Facebook, donde colgaba día a día sus recuerdos y sus celebraciones. Memoria viva, siempre viva, para volverse inolvidable.

Felipe Zapico colgó los trastos ayer. Nunca se cortó la coleta. Ni dejó de ronear por los callejones de la vida y de este León en el que ha sido una estampa de elegancia y pinturería. Seguiremos adivinando la planta de su torería a la vuelta de cada esquina, porque en ellas ha dejado su huella. Como en el rincón del Madrid que ha sido su refugio, y será ahora uno de los santuarios de su memoria.

Lo será, desde luego, la Plaza de Toros del Parque, por la que luchó con fiereza frente a todo y frente a todos. Para evitar no sólo su declive, sino la amenaza de la piqueta frente al desinterés de los propietarios y, sobre todo, la ambición de la expansión urbanística en una de las zonas más ansiadas del crecimiento de la capital.

Esa plaza en la que hace pocos meses, en la última feria de San Juan, recibió un homenaje sentido. No fue uno más, y suma muchos su andadura. El caminar trastabillado más por la emoción que por los años vio desmonterarse en el centro del ruedo al último de los representantes de un universo que se ha ido con él. Lo que venga después, sea lo que sea, será otra historia.

La del torero que se va es la vivencia de quien contó las cosas como eran, o como Felipe quería que se contaran. La del aficionado que siempre fue un paso más allá de todo cuanto se planteaba, la de inquieto que fundó con Adolfo Hermida y su inseparable José Luis Perelétegui el Club Taurino de León para pelear frente a empresarios e instituciones por el sueño que habían levantado todos los leoneses. El Felipe que andamió el argumentario que impidió, en plena fiebre del ladrillo, que aquella plaza de toros que se construyó como plaza de todos, por suscripción popular, no sucumbiera a la piqueta de las ambiciones urbanísticas.

Zapico, presumido, siempre se definió como «un artista de la vida». Sin ser presuntuoso. Las cosas le vinieron así, y así las fue tomando. Con la aprehensión de quien duda de que se merezca lo que le es concedido, con el empeño de quien se labra su propio camino. En la fortuna y en la adversidad. En la razón y en la obcecación. Siempre, en el convencimiento personal de hacer lo correcto, pese a quien pese.

Ahí queda el torero, el luchador, el soñador y el ambicioso. Que también lo era. No sólo para él, que reconocía sin complicaciones que siempre le gustó más una foto que un cocido. Reivindicativo para todo en lo que creía.

Habrá tiempo a partir de ahora para recordar al torero, al espontáneo, al comunicador, al pillo, al artista. Al hombre que abrazó sin miedo al micrófono y las cámaras para hacer de la comunicación y de Torería su nuevo, y siempre particular, lenguaje. Al loco que se subió a un toro de Osborne para pedir su indulto. Al amor, al padre, al abuelo. Al amigo. «Solo me falta una calle en León, que supongo que me darán cuando muera». Eso dijo y dicho queda.

La voz, la defensa sin complejos y la arrolladora presencia de quien nunca quiso ni supo callar queda muda hoy. Sólo aparentemente. El eco de una impronta sin igual no cesará nunca. No son buenos tiempos para la tauromaquia. Sí para la torería. Zapico contagió su torrente y su pasión, la que vistió y regó en el fondo y en la forma durante 92 años. Hoy, a las 13.30, su Santa Marina le acoge de nuevo. ¡Bravo maestro! Bravo, maestro.

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