OBITUARIO
Adiós a la gran dama de la interpretación
Fallece repentinamente la actriz Marisa Paredes, musa de prestigiosos directores

Marisa Paredes en el Festival de Cine de Astorga que le otorgó el premio de honor. FERNANDO OTERO
Luto en el cine español. Marisa Paredes, la gran dama de la interpretación, falleció ayer a causa de un fallo cardíaco a los 78 años. La actriz deja tras de sí una ingente obra, llena de verdad y mujeres fuertes, desgarradas y enigmáticas a las que dio vida en más de 75 películas y más de 80 producciones para televisión, pero siempre con un pie sobre las tablas, donde participó en alrededor de quince obras y cosechó algunos de sus más rotundos éxitos de su carrera.
Hija de Petra, portera de finca urbana; y de Lucio, empleado de cervezas El Águila, Marisa Paredes (Madrid, 1946) parecía destinada al mejor futuro que sus padres soñaron para ella: hacerse secretaria. Pero a los 11 años la pequeña se puso en huelga de hambre, les dijo a sus padres que iba a ser actriz y su tesón les acabó doblegando. Un fuerte compromiso en lo que creía y una coherencia que mantuvo hasta el final de sus días.Con 12 la sacaron de la escuela y a los 14 debutó en la gran pantalla con Esta noche tampoco, de José Osuna, y 091 Policía al habla, de José María Forqué. Al año siguiente, debutaría en teatro, con la compañía de Conchita Montes y al mismo tiempo comenzaría a trabajar en Estudio 1, el mítico espacio de teatro de TVE, que ella consideraba su gran escuela, donde encarnaría a personajes salidos de la pluma de Ibsen, Shakespeare o Chejov. Fue Paredes una de esas intérpretes que fue escalando puestos poco a poco, si bien siempre tuvo dos elementos a su favor: un porte elegante y distinguido, que hacía de cada gesto y de cada silencio toda una revelación, y una voz de contralto que aportaba hondura y todo tipo de matices a sus líneas de diálogo. En los 60 y 70 comenzó a foguearse interpretando papeles secundarios en filmes muy dispares: desde El mundo sigue (1965), la película maldita de Fernando Fernán Gómez, hasta una comedia de la etapa adulta de Marisol, Carola de día, Carola de noche (Jaime de Armiñán, 1969), pasando por un espagueti wéstern como Réquiem para el gringo (1968). Pero fue Ópera prima, el debut en el largometraje de Fernando Trueba en 1980, la cinta que supuso un punto de inflexión en la trayectoria de la actriz, que ya comenzaba a despegar.
Después vino su consagración como ‘chica Almodóvar’, cineasta con el que había colaborado tres años antes, por vez primera, en Entre tinieblas. Hasta en seis películas del director manchego participó la actriz. Fue presidenta de la Academia de Cine durante tres años.