Diario de León

MEMORIA DEMOCRÁTICA

La increíble vida de la leonesa Redondo y su esposo candidato al Nobel

Felipe VI presidirá la inhumación del matrimonio fallecido en el exilio mexicano

Pilar Redondo y Rafael Altamira.

Pilar Redondo y Rafael Altamira.ARCHIVO

Verónica Viñas
León

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La historia de la leonesa Pilar Redondo Tejerina y su esposo Rafael Altamira, candidato seis veces al Nobel de la Paz, parece el argumento de una novela, si no fuera porque la realidad, en ocasiones, supera a la ficción. Los restos mortales de Altamira (Alicante, 1866-México, 1951) y Pilar Redondo (León, 1866-México, 1957), fueron repatriados el pasado diciembre desde el cementerio de Ciudad México, donde ambos estaban enterrados en el pabellón español. El rey Frlipe VI presidirá la inhumación de ambos en el cementerio municipal de El Campello (Alicante) el lunes.

Historiador, americanista, pedagogo, jurista, crítico literario y escritor, Altamira se trasladó a Madrid tras terminar sus estudios de Derecho, donde entró en contacto con la Institución Libre de Enseñanza, que marcó para siempre sus ideas, sus preocupaciones educativas y su actitud ética. Pilar era hija de Inocencio Redondo Garcíbañez, dibujante, escultor, restaurador y arqueólogo, que participó en la magna restauración de la Catedral a finales del siglo XIX. Cuando su familia se traslada a Oviedo es donde conoce y se casa con Altamira.

Tras unos años en Madrid, donde él ejerce como catedrático, en 1920 se crea el Tribunal Internacional de Justicia y van a vivir a La Haya. Aún hoy sigue siendo el único español que ha formado parte de esta corte internacional. «Pilar, junto con las otras esposas, acude cada mes a la invitación a tomar el té con la reina Guillermina de Holanda», contó su nieta Pilar de Altamira en una tribuna publicada en este periódico. Altamira, que dirigió el periódico republicano La Justicia, entre otras publicaciones, fue amigo íntimo de Blasco Ibáñez, de Sorolla, de Unamuno y de Azaña. Según las Memorias de Azaña, Altamira fue uno de los candidatos que se manejaron para ocupar la presidencia de la Segunda República, posibilidad que contó con la cerrada oposición de Pilar Redondo y tampoco era de interés para él, jubilado de la cátedra universitaria ese mismo año y desempeñando el cargo de magistrado del Tribunal de La Haya. 

La Guerra Civil les sorprendió de vacaciones en la localidad segoviana de Riaza. No sin dificultad, el matrimonio consigue regresar a Holanda. Poco antes de que las tropas alemanas invadieran los Países Bajos, los Altamira se refugian en Montauban, donde compartieron exilio con Azaña y su esposa, y después en Burdeos, en Bayona —donde fueron obligados por el ejército alemán a cambiar de residencia— y en Hendaya. Altamira fue invitado por la Fundación Carnegie a dar clases en la Universidad de Columbia (Nueva York), aunque un inesperado accidente de rotura de la cadera le obligó a instalarse en México, donde estaban exiliadas sus dos hijas. En el país andino, que acogió a miles de republicanos españoles, permanecieron hasta su muerte. 90 años después, vuelven ‘a casa’.

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