'ATRACADORES DE IGLESIAS'
Los ladrones del arte antes de las mafias
León fue una de las provincias que sufrió más robos de iglesias durante el siglo XIX, sobre todo de orfebrería de plata

Imagen nocturna de la Catedral tomada desde el claustro.
No eran expertos en arte. Robaban ‘al peso’. Más que ladrones eran malhechores. Este es el perfil de los saqueadores de iglesias durante el siglo XIX, cuando comenzó el expolio del patrimonio leonés. Sergio Boj Bri, doctor en Bellas Artes e historiador del arte, ha dedicado tres años a seguirles el rastro en archivos y hemerotecas. El resultado es el libro El robo del tesoro artístico español durante el siglo XIX, donde recopila la desaparición de 1.969 obras de arte y antigüedades en España antes de que llegaran, unas décadas después, las mafias organizadas, auspiciadas por el auge del coleccionismo en Estados Unidos. Ha documentado 70 robos entre 1820 y 1899 en León, la provincia más afectada, a excepción de Palencia, que contabilizó 92 'pillajes', porque el Boletín Oficial de la Provincia de Palencia fue «muy activo en la publicación de los robos», aclara Boj Bri.
Un botín de plata
Sin embargo, una investigación del historiador berciano José Antonio Balboa, publicada en 2021, documenta el robo de 680 objetos y 165 iglesias desvalijadas en León. Un botín de 450 kilos de plata; fundamentalmente, cálices, copones, patenas, coronas, cruces procesionales, medallas, incesarios y otros objetos religiosos. Boj Bri explica que los ladrones «actuaban por la noche y vendían rápidamente las piezas o las escondían un tiempo hasta que cesaba la búsqueda». «Eran ladrones de poca monta». Pero los objetos pocas veces se recuperaban, porque «se vendían al peso y se fundían».
Algunos desfalcos fueron surrealistas. Como el ocurrido en febrero de 1878, cuando un ladrón entró en la Catedral de León con una navaja, recortó un lienzo del siglo XVIII, lo enrolló y salió del templo sin ser visto. Se llevó el cuadro Las cantadoras —como aparece citado—, aunque se trata de una escena de la conocida ceremonia de Las cantaderas —que se sigue celebrando el domingo previo a la festividad de san Froilán—, y conmemora la liberación del legendario tributo de las cien doncellas que los reyes asturleoneses pagaban cada año a los califas musulmanes.
La obra nunca apareció, aunque podría ser la que localizó el historiador Alejandro Valderas en un banco de Brasil.
Bandoleros de iglesias
Más disparatado aún fue el robo en un convento. Boj Bri cuenta que el ladrón era tan delgado que pudo colarse a través del torno. Relata el caso de otro que se disfrazó de cura y cogió los cálices y salió por la puerta sin levantar sospechas ante la vista de varios feligreses.
El autor de El robo del tesoro artístico español explica que muchas poblaciones pequeñas sufrieron saqueos en iglesias, porque carecían de vigilancia, así como los monasterios abandonados tras la desamortización. En ningún caso, eran robos «por encargo», como ocurriría en el siglo XX, sino que la mayoría «robaba por necesidad». Fruto de su investigación, Boj Bri se ha topado con un personaje que sembró el terror en León a finales del siglo XIX y principios del XX. «Desvalijó muchas iglesias, protagonizó varias fugas de prisión y un robo muy importante en un museo de León». Y hasta ahí «puede leer». Será el personaje central de su próximo libro.
La Diócesis de León —sin contar la de Astorga— tiene inventariadas 20.000 piezas de distinto valor en los 1.400 edificios de su demarcación. En el siglo XIX, buena parte del patrimonio no estaba catalogado y muchas obras desaparecieron antes de la invención de la fotografía, lo que dificulta su localización. Gracias a una foto esta semana se ha recuperado un medallón visigodo del siglo V expoliado en Cáceres que iba a ser subastado en una galería de Nueva York por un precio de salida de 210.000 dólares.
En el siglo XX, los ladrones de poca monta dieron paso a auténticas mafias cazatesoros. El clero, a veces para hacer negocio y otras por necesidad, los anticuarios, el Estado —que para «amueblar» museos nacionales «decomisó» obras en iglesias como San Isidoro— y los coleccionistas fueron los principales responsables del expolio del patrimonio leonés. Erik el Belga fue, durante décadas, la peor pesadilla de ermitas y parroquias de la provincia leonesa. Considerado el mayor ladrón del siglo XX, reconoció que las medidas de seguridad entonces eran escasas, pero también que algunos obispos colaboraban en los «desfalcos». Muchos de los robos del Belga en León nunca se esclarecieron.