El Senado 'pontifica' el arte mudéjar leonés

Aprobada la moción que declara «de excepcional interés público» la promoción de un estilo que nació en Sahagún y aspira a ser Patrimonio Mundial

Arco perteneciente al monasterio de San Benito en Sahagún.jesús f. salvadores

León

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El mudéjar ha sido declarado «de excepcional interés público» por la Comisión de Cultura del Senado. Un reconocimiento que llega tras un tira y afloja político. El PP, después de frenar en mayo una iniciativa del PSOE para proteger este legado, aprobaba ayer una moción similar gracias a su mayoría —17 votos a favor y 11 abstenciones—. La senadora popular María José Ortega no dudó en recordar que el mudéjar nació en Sahagún, cuna de un estilo que mezcla la herencia islámica, cristiana y judía en un crisol artístico único. La propuesta del PP urge al Gobierno a elaborar un informe sobre el estado del patrimonio mudéjar y, en sintonía con comunidades como Andalucía, Castilla y León, Aragón o Extremadura, impulsar su candidatura como Patrimonio Mundial de la Unesco.

El monasterio de San Benito de Sahagún es la cuna del mudéjar hispánico, al que se suman otras tres iglesias de esta villa: San Tirso, San Lorenzo y La Peregrina. Sin embargo, solo el mudéjar de Aragón goza del sello Unesco desde 1986. León, sigue esperando. Y no es poco lo que ofrece: desde la iglesia del monasterio de San Pedro de Montes, que se comenzó en piedra y se terminó en ladrillo (1087 y 1110), hasta la Ruta de los Artesonados Mudéjares, un itinerario que conecta diez localidades leonesas y tres zamoranas próximas a la Vía de la Plata. La joya de la corona de esta ruta entre San Félix de la Vega y Villanueva de Azogue es el artesonado de Santa Colomba de la Vega, con forma de bóveda celeste. A ella se unen los artesonados de las iglesias leonesas de Alija del Infantado, Azares del Páramo, Mayre de Castroponce, Grajal de la Ribera, Lordemanos, Saludes de Castroponce, Riego de la Vega, La Bañeza y Valcabado, que posee una de las armaduras de cubierta más grandes del noroeste de la Península —mide 20 metros—.

El mudéjar expoliado

No hay que olvidar el mudéjar «exiliado» de León. Solo un fanático coleccionaría 98 artesonados, la mayoría mudéjares. William Randolph Hearst, el Ciudadano Kane de Orson Welles, los compró en España y se los llevó al otro lado del Atlántico, gracias a la colaboración de anticuarios sin escrúpulos y la connivencia del clero, aunque solo instaló una pequeña parte en sus mansiones. En León únicamente consiguió uno. Trasladó a su mansión de San Simeón (California) un artesonado procedente de Sahagún.

Más cerca, el Museo del Prado abría en 2013 una nueva sala, tras ser reformada para albergar un artesonado de Valencia de Don Juan, con el que la pinacoteca colmaba el vacío de arte medieval. La pieza formaba parte de la colección donada por José Luis Várez Fisa. El artesonado procedente de Valencia de Don Juan, del siglo XIV, y se exhibe «suspendido» del techo abovedado diseñado por Rafael Moneo. Es una techumbre decorada con espectaculares dragones, arpías y glifos de rotundos colores. Pertenecía a la desaparecida iglesia coyantina de Santa Marina, considerada la mejor de estilo mudéjar de León.

El mudéjar tiene origen árabe en la palabra mudayyan, término que significa «al que se le ha permitido quedarse». Se utiliza para referirse a los musulmanes que permanecieron viviendo en territorio cristiano tras la Reconquista. Ellos inspiraron un nuevo arte impregnado de las imágenes de la fe islámica, que conviven con la religión católica y la judía, que dio origen a todo tipo de creaciones e innovaciones.

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Un diagnóstico

El mudéjar no es solo un estilo, es un diálogo entre culturas, un legado que trasciende la arquitectura para abrazar artes menores que aún hoy deslumbran. Desde los yesos labrados hasta los manuscritos ilustrados, cada pieza cuenta una historia de convivencia y creatividad. Ahora, tras el espaldarazo del Senado, el mudéjar español y, por supuesto, el leonés, podría alcanzar el reconocimiento mundial que merece. Pero el camino no será fácil, urge un diagnóstico del estado de los monumentos, la coordinación entre comunidades y, sobre todo, la voluntad de proteger un patrimonio que, como los artesonados de León, parece suspendido entre el pasado y el futuro.