Diario de León

Concha Cardeñoso, la voz leonesa de 'Hamnet': «Jamás pensé que iba a traducir un best seller»

El éxito de 'Hamnet', superventas de la autora irlandesa Maggie O’Farrell, ha aupado a una leonesa a la cúspide.

Concha Cardeñoso Sáenz de Miera en su despacho con 'Hamnet'.

Concha Cardeñoso Sáenz de Miera en su despacho con 'Hamnet'.DL

Ana Gaitero
León

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Concha Cardeñoso Sáenz de Miera (León. 69 años) es la traductora del best seller traducido del inglés más vendido en España. A las espaldas lleva años de dedicación en su casa de Barcelona y el premio nacional Esther Benítez.Llegó a Barcelona subida en una flecha de Cupido y con el título de Magisterio bajo el brazo aún calentito. «No sabía muy bien qué hacer para empezar a ejercer en aquel momento». Se decantó por el teatro y la danza, a los que dedicó ocho y cuatro años de su vida, respectivamente. 

Pero ya llevaba dentro el gusanillo de la traducción. Cuarenta y tantos años después su nombre va unido al de Maggie O’Farrell en la novela Hamnet, la novela traducida del inglés más vendida en España. Es el libro que le ha dado la fama, pero son casi medio millar los que ha traspasado al español, desde el inglés y el catalán, en su larga trayectoria. O'Farrell es una más de las autoras y los autores que ha traducido —ahora está enfrascada en la última novela de la irlandesa, Land—, entre otros, John Le Carré, Dickens, Robertson Davis, uno de sus favoritos, o Daphne du Maurier, con cuya novela Mi prima Rachel ganó el Esther Benítez en 2018.

—¿Qué significa este éxito?

—Algo totalmente imprevisto en lo que jamás había pensado.

—¿Le ha cambiado la vida este superventas?

—Bueno, pues me han hecho más entrevistas que en toda mi vida, mi familia está orgullosa de mí, mis amistades me felicitan, la gente que me rodea empieza a caer en la cuenta de la labor que hacemos los traductores y gracias a los derechos de autor que me ha generado he podido pasar estos últimos años con cierta holgura cotidiana y ayudar un poco a mis hijas. Estos son los cambios más visibles.

—¿Qué la atrapó en el oficio?

—Había pasado algunas temporadas en Londres trabajando de au-pair, de camarera, de heladera y otros empleos temporales, pero sobre todo estudiando y aprendiendo inglés. Allí me examiné y aprobé con buena nota el Lower Cambrigde con el extra de traducción (al inglés). Más adelante, ya en León y mientras estudiaba Magisterio (Lingüística e Inglés), me examiné del Proficiency in English y también aprobé. Creo que la traducción me gustaba desde el instituto, cuando estudiábamos latín y griego a base de traducir a los clásicos más clásicos. Al oficio llegué por pura casualidad. Me había traído de Londres un librito de R.D. Laing que se titulaba Knots. Me hacía tanta gracia que lo traduje para regalárselo a mis amistades. Una amiga correctora de textos en editoriales me aconsejó que me presentara como traductora en alguna editorial. Así lo hice y… ¡hasta hoy!

—Hace 10 años eran invisibles, ahora el nombre de quien traduce se ve más en las portadas.

—La asociación de traductores de ámbito nacional a la que pertenezco (ACEtt) lleva años luchando, entre otras cosas, por el reconocimiento en todos los ámbitos posibles. Uno de sus primeros logros fue que se nos reconociera en la ley como autores de obra derivada y con los mismos derechos que los escritores de libros. Sin embargo, en la práctica, seguimos siendo tan anónimos (salvo algunas gloriosas excepciones) como, por ejemplo, me dijo alguien el otro día, los dobladores de películas. Pocos son quienes saben el nombre del traductor o traductora del estupendísimo libro que está leyendo en estos momentos, aunque siempre hay honrosas excepciones, desde luego, que incluso prefieren a tal traductor o a cual traductora y son conscientes de la labor de ese Vaso Comunicante. ¿Por qué quienes escriben y publican blogs, reseñas y críticas de libros se acuerdan tan pocas veces de nombrar al menos a la persona intermediaria que les permite leer obras escritas en idiomas que no conocen e incluso alaban la riqueza de vocabulario, el ritmo de la prosa o la precisión de la expresión, cuando todo eso se debe a la mentada persona intermediaria? No es afán de figurar, es que esta falta de reconocimiento y de respeto a nuestro oficio redunda negativa y directamente en una de las lacras que más nos machacan: las tarifas, que eran aceptables hace veinte años, pero que apenas han subido desde entonces. Para muestra, un botón: gran parte de mis colegas se ven en la necesidad de compaginar la traducción con otro trabajo, y no por falta de encargos, precisamente. Como estamos en una economía de libre mercado y somos «autónomos», no tenemos derecho a un sindicato que nos represente y pueda negociar nuestras condiciones con las editoriales, y ¡así nos luce el pelo en lo económico, en las vacaciones, en el derecho al paro, etc, etc.!

—Dijo que Google no puede hacer traducciones literarias. ¿Lo mantiene para la IA?

—Sí, sí, lo mantengo, por descontado. Yo no la utilizo para nada. Dudo que llegue el día en que la IA sea capaz de distinguir cuál de las acepciones de una palabra polisémica en un contexto determinado es la adecuada para verterla en otra de un idioma diferente y cuya polisemia no coincida (como suele suceder).

—¿Nota un avance de la creación literaria femenina en las traducciones que le llegan?

—Sí, hace un tiempo que me encargan más libros de autoras que de autores, tanto del inglés como del catalán. Me parece que ya era hora de que se publicara a las mujeres con mayor asiduidad, aunque no sé qué tal las tratan en el mundo editorial.

—Ante palabras intraducibles, ¿cuál es su estrategia?

—Hay quien afirma que no hay nada intraducible. La traducción no consiste en ir palabra por palabra, eso sería intragable e incomprensible muchas veces. Una cosa se puede decir de varias maneras, de modo que podemos recurrir a una traducción descriptiva, por ejemplo; a un cambio de verbo por sustantivo o adverbio o lo que sea necesario; a una aclaración a pie de página o a una «morcilla», que consiste alargar o completar un poco el texto para dar la idea del original. Siempre se encuentra la forma de dar en un idioma lo que está escrito en otro.

—¿Qué significó el premio Esther Benítez?

—Un gran honor (y una Mont Blanc y una placa conmemorativa), desde luego, porque el Esher Benítez de traducción lo concede ACEtt, es decir el propio colectivo de traductores del que formo parte, y es un reconocimiento de mis propios y generosos colegas, que son los que más entienden de este oficio nuestro. No soy consciente de que haya influido en alguna mejora de las condiciones de trabajo. Pero esto siempre es así.

—Como corredera de fondo, ¿Cómo querría coronar su ciclo?

—Con un mayor, mejor y duradero reconocimiento del oficio a todos los niveles. Espero que esta entrevista, las pasadas y las que pueda haber sirvan para dar más visibilidad a la labor que llevamos a cabo. Ese es mi propósito cuando acepto hacerlas.

—¿Cómo ve la ciudad?

—Voy dos veces al año y suelo quedarme en un pueblo cercano a la capital. En la ciudad solo paso algunas horas o dos o tres días. Puedo decir que, en general, la veo más limpia, más poblada y más dedicada a la hostelería y a la restauración que nunca. Para mí sigue siendo entrañable y disfruto mucho paseando por las calles más antiguas, por los parques, por los ríos, y no deja de admirarme el pico que se ve al fondo, lejos, desde Padre Isla (creo que Fontañán) ni lo estupenda que está La Candamia. Siempre procuro pasar por la plaza del Grano, por la Catedral, por las murallas y por San Isidoro, además de darme una vuelta por San Marcos, la calle de la Rúa, el instituto Juan del Enzina y, también por la Pícara Justina y por Ordoño II.

—¿Qué cree que podría desarrollar León dentro del ámbito editorial o de la traducción?

—Me avergüenza decir que desconozco el mundo de las editoriales de mi tierra. Tengo una publicación de Aller y Jular de 2017, Póker de damas y un comodín; un par de libros de poemas de Mar Mirantes, de la misma editorial; uno de Aldo Sanz, de la Diputación de León, y uno de Miguel Suárez que no sé si se editó en León. En cuanto a la traducción, tengo entendido que la Universidad de León es puntera en estudios lingüísticos, pero no tiene facultad ni ofrece el grado de Traducción e Interpretación. Sería estupendo que se lo plantearan. Sé que hay varios clubs de lectura, en la capital y en algunos pueblos, y esas iniciativas merecen apoyo y divulgación.

—¿’Hamnet’ es su favorito?

—De los de Maggie O’Farrell sí.

—¿Y entre todos?

—Mi favorito absoluto no se ha escrito todavía. Sería uno que contuviera todos los cuentos, leyendas y narraciones del mundo mundial más un amplio compendio de ciencias de la naturaleza.

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