"Veo la actualidad llena de distopías"

Imagen de la escritora Carolina Sarmiento.
En Las fronteras, Carolina Sarmiento, hace una fábula distópica en la que la humanidad se ve obligada a abandonar la mitad del planeta para no desaparecer. La novela sigue durante 24 horas al guarda responsable de que nadie transgreda los límites en una obra que Julio Llamazares ha calificado de nihilista y poética.
—Las fronteras parte de una idea tan radical como inquietante: devolver la mitad del planeta a la naturaleza. ¿En qué momento apareció esa imagen?
—Escuché en la radio una entrevista a un científico que planteaba esta solución para detener el cambio climático y la destrucción de especies y ecosistemas. Me pareció un paisaje ideal para desarrollar una historia. Luego descubrí el ensayo Media Tierra, del biólogo Edward O. Wilson, en el que defiende desde el conocimiento que si deshabitamos la mitad del planeta hay una esperanza. Me aproveché creativamente de la crisis en la que estamos. Influyó mucho un viaje a la Laponia finlandesa en el que vimos la frontera verde que separa a este país de Rusia. Es un borde vegetal y animal para mantener alejados a dos países enfrentados a lo largo de la historia. La naturaleza como freno a la violencia humana fue otra imagen potente e inspiradora.
—La novela es un eco-thriller, pero también tiene algo de western y de fábula moral. ¿Usted lo ve así?
—Thriller porque es una novela de aventuras y acción. Eco porque se desarrolla en uno de esos pueblos que van a desaparecer bajo el avance de la naturaleza, porque invita a reflexionar sobre la huella que los humanos dejamos en el mundo. Western porque los pocos vecinos que quedan quieren cazar por última vez y un guarda se lo impide. Están todos los códigos del oeste: una especie de sherif, caballos, rifles, peleas, robos, tipos solitarios, lucha por el territorio o cuestionamiento de la moral. Fábula tal vez por esa frontera entre animal y ser humano. Lo de moral ya no lo tengo tan claro, eso depende de quién lo lea y así lo estoy atestiguando en los clubes de lectura. No quiero concienciar a nadie de nada. Me sirvo de la crisis medioambiental y bélica para escribir una una historia que también es de amor, negra, policíaca, onírica... Busco un equilibrio entre acción y poesía.
—El protagonista es un guarda fronterizo marcado por la guerra y por una obediencia casi absoluta. ¿Qué le interesaba de un personaje así?
—Es un tipo muy duro por fuera. Carga con una coraza férrea debido a tanta guerra. Pero como está narrado en primera persona escuchamos lo que piensa. Me interesa plasmar ese contraste. A menudo quienes más fríos parecen más sensibles son. Esa obediencia responde a que está plenamente convencido de la solución de deshabitar la mitad del planeta. Ha visto lo peor del ser humano y desconfía de su especie. Hay mucha gente que lo dice: merecemos la extinción. Él es uno de esos y no se queda solo en el comentario.
— En la novela nunca resulta sencillo distinguir dónde termina la utopía y dónde empieza el totalitarismo.
— De entre todas las fronteras de la novela esta es la más política. Resulta utópico que los gobiernos del mundo se pongan de acuerdo porque la realidad nos habla de lo contrario. Sin embargo aquí se crea una Unión de los Pueblos y firman un Tratado de la Desocupación. Lo hacen ante el peligro real de que desaparezca la vida en la Tierra. ¿Pero cómo se lleva a cabo esas medidas? Por la vía autoritaria. Para muchas personas también puede ser utópico que el ser humano de un paso atrás y le devuelva a la naturaleza su espacio, sin embargo el plazo para deshabitar los territorios señalados es de diez años y si no se acata se destruye. Qué fina es la línea de lo utópico, ¿verdad?
—El paisaje tiene casi tanto protagonismo como los personajes.
—Piensa que el paisaje avanza como un protagonista. Es crucial porque va a cubrir todo el pueblo. La intención es borrar toda huella humana. Si volvemos al oeste, lo que se llevó a cabo fue una lucha por la colonización de los recursos (vacas, cereales, oro...). Esta es una vuelta de tuerca, es la recolonización del paisaje de lo que era suyo.
—¿Es ‘Las fronteras’ una novela ecologista?
—Julio Llamazares decía en la presentación que me hizo en Madrid que para él no era ni ecologista ni pacifista, que era una novela nihilista y muy poética. Me encanta que la propuesta de Las fronteras esté plagada de lecturas distintas. Lo compruebo en los clubes de lectura. Por eso se titula así. Hay fronteras geográficas, animales, oníricas, morales, de amor... Es cierto que parte de una propuesta ecologista. Como te decía me aprovecho de un conocimiento que demuestra la necesidad de reducir al máximo nuestro impacto en la Tierra. Pero también es muy importante la reflexión sobre la violencia, sobre las guerras. Creo que van a la par pacifismo y ecologismo. La historia se sitúa en un momento no muy lejano al que estamos. Las distopías miran al futuro desde el espejo del presente. Y la ficción puede sumarse al debate desde la emoción. Tengo claro que un ensayo ni un alegato ni un panfleto. Quien busque explicaciones de por qué el mundo se va al carajo no las va a encontrar. Es ficción, es la oportunidad de que quien la lea se emocione y reflexione.
—Trabaja como periodista. ¿Qué aporta ese oficio a su literatura?
—Cuando escribo busco alejarme del lenguaje, la objetividad y los tiempos del periodismo.
—En un panorama literario lleno de distopías, ¿Qué hace distinta a Las fronteras?
—Tal vez la prosa poética, el lirismo del lenguaje. O quizás que la naturaleza es la protagonista, que silban canciones antiguas, que hay cuevas con pinturas rupestres, que el protagonista corre para sentirse animal. Cero tecnología y un eco telúrico. Eso sí, encuentro más distopías en la actualidad que en la literatura.