ENTREVISTA

Mar Sancho, escritora: mirar el agua para volver a mirar el mundo

Mar Sancho convierte el agua en materia literaria para hablar de la vida, la memoria y la capacidad de asombro. En su nuevo libro integra ciencia, literatura, experiencias personales y reflexión filosófica con una mirada que reivindica la necesidad de volver a contemplar lo cotidiano como si fuera la primera vez

La escritora Mar SanchoJOSÉ CARLOS CASTILLO

LEÓN

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Mar Sancho presenta mañana jueves su obra La belleza del agua, un canto lírico al líquido elemento hacedor de civilizaciones, arcano de la cultura y embrión de la vida. Será a las 19:30 horas, en la Sala Eutherpe en un espectáculo sensorial que combinará música, palabra y puesta en escena.

— ¿Por qué decidió escribir una belleza sobre el agua? 

— Pues mire, porque el agua siempre me ha parecido algo absolutamente fascinante, pero al ser tan cotidiano nos impide darnos cuenta de lo maravilloso que es. Desde que era niña me encantaba fingir que descubría todo por primera vez. Y el descubrimiento del agua es algo absolutamente increíble. El agua puedes atraversarla, puedes metértela dentro del cuerpo; el agua lo ves pero es traslúcida, adopta la forma del recipiente que ocupa. Sin embargo, su cotidianidad le hace perder valor y nos parece normal, por ejemplo, abrir el grifo y que surge el agua. El agua es, en definitiva, la belleza que hace que existan las demás.

—¿Y tras el descubrimiento? 

—Pues algo que nos sucede muchísimo con la literatura, especialmente con la poesía: el reconocimiento: reconocer allí nuestras vivencias, nuestras experiencias, nuestros sentimientos, el reconocernos en lo que leemos. A través del agua buscaba mostrar el hallazgo, el conocimiento y el reconocimiento.

— En el libro habla de la virtud que tiene de sorprenderse siempre con todo como si fuera la primera vez, como hacen los niños. ¿Cómo lo logra? 

— Fíjese que todos pensamos lo felices que éramos en la infancia, precisamente por la capacidad de asombro y por las ganas de aprender. Esa capacidad es lo que más perdemos con el paso del tiempo y, cuando dejas de sorprenderte, de maravillarte por algo, pierdes la ilusión. Entonces, aunque sea de manera un poquito forzada, hay que llegar a ese punto de decir, venga, voy a mirar las cosas como la primera vez, y voy a disfrutarlas de esa manera y tener esa perspectiva que por una parte tiene que ver con la inocencia, y por otra tiene que ver con esas ganas de aprender y con esas ganas de asombrarse. Y yo todos los días hago ese ejercicio, que a veces es más natural, y a veces es más forzado.

— Divide el libro en tres partes: líquido, sólido y gaseoso. 

—Siempre me han fascinado los glaciares, una de las cosas más bellas que hay en el mundo. Esos prismas de hielo que encierran partículas milenarias de colores me han acompañado desde joven. Es un sentimiento que quizás tenga que ver con el miedo a caer en sus grietas, con el miedo a que desaparezcan, pero también con la idea de que sigan ahí materias congeladas de tiempos primigenios y poder admirarlo. Y la sensación que te provocan al desplomarse. No hay nada igual. Y luego, en el líquido, me quedo con un manantial al que me llevaba mi abuelo en la infancia. Es uno de esos manantiales que brotan junto a los ríos y que pasan desapercibidos, que a veces se les da nombre a esas fuentes o de ninfas. Es mágico el momento en el que alguien te descubre cómo mana el agua, cómo sale allí de entre la tierra y cómo es tan fresca y tan deliciosa. Es el agua de la infancia, de la que deberíamos seguir bebiendo cada día. En su faceta gaseosa, me gusta mirar las nubes desde arriba, en los aviones porque son completamente distintas. Estás en el avión, despegas en un día gris, atraviesas las nubes y el cielo es ya completamente azul. Entonces, con el universo sobre tí, las nubes adquieren formas bellísimas, son verdaderas esculturas ingrávidas.

— Hay un momento en el que explica que, en realidad, cada vez que nos sumergimos en el mar lo hacemos en el mismo agua ancestral del principio de la vida y es lo único que hay en la Tierra que nos acerca al misterio de la creación. 

— Mire, yo siempre pienso en el agua que hay condensada en un avión, y como ese agua entra en el cuerpo de una persona y sale del tuyo. Ese ciclo en el que siempre es lo mismo, pero que cada vez es algo diferente, me parece muy seductor y en definitiva resume la vida.

— Hace un repaso de ciencia, de literatura, de memoria. Es casi un ensayo filosófico. 

— Es que un ensayo puede caer en lo documental, en lo científico o en lo filosófico; lo que no puede ser es muy poético, porque si no, evidentemente dejaría de ser un ensayo. Y he intentado poner todos esos ingredientes, el científico para el aprendizaje, que te decía, o para poner de manifiesto algunas cuestiones en torno al agua de las que no somos tan conscientes. También he querido imprimir un tono filosófico porque la contemplación lleva a la reflexión. Y, finalmente, habla de la memoria. Si bien un ensayo no puede ser un compendio de vivencias personales, hay algunos relatos que tratan de explicar lo propio al tiempo que conectan con lo universal, porque esas experiencias pueden ser las experiencias de muchos de los lectores.

—La obra tiene como colofón una acción artística que recuerda el naufragio de Luís de Camões en la desembocadura del río Mekong. — Sí. Metí una copia del manuscrito en una botella y lo lancé en el mismo lugar en el que Camões perdió a su amada Dinamene al tiempo que salvaba el manuscrito de Las Lusíadas. Pensé que ese era el mejor destino para el libro porque, más allá de que luego siga su curso de distribución, tiene que haber un ejemplar de este libro que esté en el agua realmente para que alguna vez alguien lo encuentre en el agua o que siga en el agua para siempre.

— Lleva una larga carrera literaria que le ha deparado grandes reconocimientos. ¿Cómo lo valora cuando lo mira con la distancia del tiempo? 

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— Comencé con ese ímpetu joven, con muchas ganas, obtuve varias veces el premio Letras Jóvenes de Castilla y León, y luego es cierto, y no sé si esto es justo decirlo, que mi dedicación pública me ha distraído o me ha apartado de la literatura. Porque cuando tienes una responsabilidad pública, eso te absorbe en tiempo y esfuerzos, y cuesta más estar en la literatura. Además, resultaba aún más difícil todavía durante los años en los que trabajé en cultura, donde adentrarse en este ámbito en el que también trabajas, era una frontera difícil de cruzar. Por eso ahora, vuelvo a la literatura, porque es un pálpito que siempre permanece. La vocación de servicio público está ahí, pero al final quienes nos dedicamos a las palabras estamos atrapados para siempre.