Lancia rediseña el futuro de los yacimientos arqueológicos
El proyecto para Lancia realizado por Gon architects se convertirá en un referente en la investigación de kilómetro 0 con un respeto escrupuloso al territorio y una intervención que permitirá a visitantes e investigadores fundirse con el yacimiento

Tres imágenes del proyecto en sus diferentes fases.
No solo de hormigón y cristal vivirá la nueva ciudad de Lancia. La recuperación del yacimiento asturromano más importante del noroeste convertirá el cerro de Villasabariego en un enclave único en España en el que la arqueología, la museística y el paisaje convivirán de manera armónica en un nuevo paradigma cultural.
Por esa razón, los creadores de Gon architects dirigidos por Gonzalo Pardo decidieron denominar el proyecto Piedra y Tierra, porque se ha diseñado como un viaje que se materializa en un recorrido espacial y pedagógico para el visitante, que, de pabellón en pabellón, de casa en casa, caminará sobre senderos de tierra compactada a través del tiempo y de la historia, del pasado, el presente y el futuro, con la belleza natural del paisaje como telón de fondo.
Gon architectos ha aprovechado la llanura elevada de Lancia como una oportunidad para dar respuesta a un complejo edificatorio que no sólo busca ser un referente en el paisaje, sino que también tiene la vocación de articular un territorio infrautilizado, además de convertirse en un foco cultural de los pueblos cercanos y erigirse como un nuevo nodo de investigación arqueológica para la zona.
Respeto por el yacimiento
Uno de los retos significativos que la obra aborda es la implantación e integración de la nueva edificación en un entorno donde el patrimonio tiene una importancia y presencia ineludibles. En este sentido, la solución final adoptada busca poner en valor el yacimiento arqueológico y convertirlo en un foco cultural de referencia para toda la zona, mediante el respeto de lo existente a partir de su mimetización con el paisaje, como si la actuación siempre hubiera estado ahí.
Además, el plan, que rediseña el territorio, genera una escenografía cambiante que funde el paisaje con las distintas edificaciones propuestas y el yacimiento. Para conseguir estos objetivos, el proyecto trabaja en dos escalas tan interdependientes entre ellas como necesarias: la territorial y la arquitectónica.
El diseño propone la materialización de la discontinuidad: frente a la idea de concentrar todo el programa planteado en una única edificación opta por dispersar en el territorio el volumen y convertir el emplazamiento con el mismo diseño, geometría y tamaño tanto en sus llenos edificados como en sus vacíos. Para ello, la intervención diseña tres pabellones que se sitúan en el borde de la meseta y conforman una cornisa al servicio del yacimiento, que será visible desde la carretera. Lancia no será ya un enclave escondido sino que resurgirá como un emplazamiento cultural incuestionable.
Las edificaciones forman parte de una secuencia narrativo-espacial que comprende desde la llegada del visitante al yacimiento, primero al aparcamiento y después a través de un edificio de acceso, hasta su encuentro con el centro de interpretación, situado en el centro neurálgico de la intervención. El inmueble destinado a la investigación arqueológica se sitúa en el extremo sur de la actuación, cerca de las ruinas hasta ahora descubiertas, y visualmente conectado con ellas, así como con el resto de edificaciones de la propuesta. Este tendrá grandes vanos y cristaleras a modo de escaparate y busca crear un lugar de encuentro entre visitantes e investigadores, y un equipamiento cultural que sirva de proyección social y destaque mediante una actuación reconocible e icónica, funcional y que se integre en el paisaje sin conflicto.
Los arquitectos han decidido que, frente a la arquitectura ortogonal tradicional del Cardus y Decumanus —las dos calles principales que estructuraban el urbanismo de las ciudades y campamentos en Roma— cada una de las formas del nuevo centro arqueológico se desmarque y diferencie para adoptar ángulos que ofrezcan una visión arquitectónica del conjunto poliédrica y mutable similar a las montañas circundantes. «Se puede decir, por tanto, que el proyecto es, de algún modo, una reinterpretación contemporánea del lugar que se funde con él», destacan.
La ubicación de cada una de las piezas en el territorio es el resultado de un laborioso trabajo de campo con el fin de respetar el territorio visual y la vegetación existente. La geometría resultante permite generar diagonales y visuales no sólo dentro de cada edificación, sino también en su relación con las construcciones vecinas, además de con el entorno próximo y lejano.
Un paisaje para Lancia
La noción de jardín no existía en el mundo astur y solo de manera parcial en el romano. Los ornamentos vegetales rara vez se disponían en el espacio público de las ciudades, que eran lugares de representación y estaban sobreedificados. Ciudades como Numancia, Clunia o Tiermes carecieron de este ornato vegetal en la antigüedad. Por el contrario, la vegetación se limita a estar presente en ámbitos privados, concentrados en residencias palatinas, imperiales o de clases medias altas, en atrios o patios interiores, como los frescos de Villa Livia o los jardines de la Villa Adriana.
Los arquitectos consideran que en el caso de la ciudad de Lancia, tanto en su periodo astur como en el romano, no existió esta ornamentación, ni en las ciudades ni en los interiores, o fue tremendamente escasa, por lo que creen que no tendría sentido intentar recrear esta situación para el paisajismo del centro arqueológico. «Sin embargo, sí parece razonable analizar la vegetación existente en el lugar e intentar recuperar, en lo máximo posible, parte de ella en el emplazamiento», precisan.
Destacan además que en la actualidad, el entorno del yacimiento carece de manantiales y sufre una acusada sequedad y un importante grado de deforestación y erosión en sus terrenos debido a que han sido usados como campos de cultivo extensivo de cereal. Por ello, la propuesta paisajística para el nuevo centro arqueológico de Lancia tiene como principal objetivo la recuperación de la imagen de unas variedades vegetales que probablemente cohabitaron con los antiguos pobladores de la ciudad astur-romana; especies que, poco a poco, y por distintas acciones, tanto humanas como naturales, han desaparecido del territorio.
Por ello, la vegetación estará determinada por criterios de selección de especies que, o bien sean autóctonas y que ya formen parte de ese paisaje natural, o que guarden relación con la dieta de los astures, como puede ser la bellota. Árboles como la encina, la carrasca o el quejigo, así como variedades que dada la climatología actual sobrevivan con el menor cuidado posible, y plantas cuyas semillas sean fácilmente controlables y no invadan el yacimiento.
Esta operación paisajística, que configura una capa vegetal ahora inexistente y que será consensuada en todo momento del proceso con la dirección arqueológica para no alterar ningún resto arqueológico, no sólo devuelve una imagen amable a este lugar sino que aporta un valor pedagógico a la visita puesto que contará con distintas y variadas especies que ofrecen una experiencia inmersiva sobre cómo fue la vegetación que rodeó y emplearon los astures romanizados y los romanos.