OPINIÓN
La conversación
SU METAMORFOSIS resulta difícilmente comprensible. De aquel esplendor distinguido, de aquella cabellera espesa, prematuramente blanca, las manos translúcidas, el rostro elegante de un Tadzio maduro, sus mujeres, aquellos años de El desencanto , La Bodeguilla, El Universal, al Michi de ahora, acaso juguete roto de aquella Movida de los 70/80. Pero también en vías de una razonable restauración. Es el Michi de siempre, pero ahora revestido de una inesperada, incalculable fortaleza para soportar la adversidad. Es muy difícil, diría que imposible, no querer a este muchacho entrañable e ingenioso. Y habla de todo ello, de sus enfermedades, de los 23 hospitales en los que ha estado internado, si no con delectación sí sin el menor pudor o rebozo, como lo hiciera en El desencanto de Chávarri, quizá con el secreto ánimo de quien sabe que lo que ha hecho, resistir, mantenerse vivo, ha sido algo heroico, digno de aplauso. Michi Panero, intelectual, creador, autor que nunca escribió un libro salvo aquella obra colectiva que incluyó un breve relato suyo, aunque su presencia, su elegancia sin concesiones a la hora de desnudar el alma se intuyera en el filme de Chávarri¿ Refinado conversador, con esas cadencias desganadas en el decir de una cierta aristocracia de altos funcionarios del Madrid de los sesenta, de una familia tan accidentada, aquel Leopoldo Panero -muerto un 27 de agosto de 1962, con lo que estamos ahora en el cuarenta aniversario de su desaparición-, inspirado poeta del régimen de Franco, del que salieron las crías airadas de El desencanto (1975), de la película posterior de Ricardo Franco Después de tantos años (1994), Juan Luis, Michi, el novísimo y grande poeta Leopoldo María Panero, siempre de manicomio en manicomio¿ (*) Artículo publicado en la revista Leer (septiembre 2002)