Atocha
LAS PUERTAS monumentales de entrada a las ciudades fueron sustituidas por las grandes esta-ciones de tren al convertirse éste en el principal transporte público. La primera vez que entré en Ma-drid lo hice a través de la estación de Príncipe Pío y por Atocha he salido y salgo infinidad de veces. Con la estructura de Eiffel es, de entre todas las estaciones madri-leñas, la que más se parece a una catedral laica. Atocha no sólo sigue ejerciendo su misma actividad, sino que se ha visto incrementada. Unas grandes escaleras van conectando con los diferentes pasillos que conducen a los viajeros hacia sus destinos. Dos días a la semana paso por aquí para coger el tren de cercanías que me llevará hasta Getafe, a la Universidad Carlos III. A esas horas una multitud circula por las nuevas catacum-bas. A veces siento claustrofobia, pero la marea humana me obliga a continuar. Por un laberinto de escaleras y pasillos llego a la gran sala central por donde se baja a los nuevos andenes. Lo observo desde una altura prominente. Allí abajo están las máquinas expendedoras de billetes, las tiendas y los rollos metálicos que hacen de aduanas. Hay un gran fragor provocado por el movimiento de cuerpos, ropas y objetos inanimados. Esos cientos de almas marchan en silencio. Alguna vez me he llegado hasta aquí para recrearme sin tiempo en este fluir caudaloso de la vida. Entonces me siento como si fuera uno de aquellos ángeles de Wen-ders, en El cielo sobre Berlín. Y esta sala repleta de transeúntes se me asemeja a aquella otra gran sala de lectura de la Biblioteca Municipal de Berlín. Me pego a aquella joven estudiante que, mientras camina, va repasando su lección e imaginando lo mejor que le sucedería si aprobara. Me pego a aquella otra muchacha que va pensando en el novio que a mí me gustaría ser. Me pego a aquel señor que avanza con dificultad debido a su edad. Me pego a aquel oficinista que sólo piensa en el partido de fútbol con el que salvará la monotonía de su vida cotidiana. Miro sus caras, escucho sus pensamientos. Si yo pudiera ser ese ángel, me gustaría ayudarlos. Ya en los an-denes me cruzo con otros cientos de personas. Subo a los vagones y voy acompañado de otros cientos de trabajadores y universitarios. Viajamos confiados hacia nuestros puestos. Aquí sentado vuelvo a ver caras inocentes. Tantas esperanzas. Tantas vidas sin vivir. Cualquiera pudimos haber volado. Nosotros y nuestros ángeles custodios. Miro a mi compañero invisible y le digo con una voz que no altera los pensamientos de cuantos me rodean: «Sé que estás ahí. Compañero».