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JOSÉ JAVIER ESPARZA
León

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ANTENA 3 ha estado emitiendo esta semana, en dos tandas, la versión extendida para televisión de su producción cinematográfica Los Borgia , sobre aquella rama de la familia valenciana Borja que con tanto color -y tan oscuro, tantas veces- marcó la historia de la Europa del Renacimiento. La película, dirigida por Antonio Hernández e interpretada por un florido ramillete de actores españoles, es una obra muy notable, y esto ha de subrayarse antes de cualquier otra consideración: no es frecuente que las cadenas españolas afronten grandes producciones, y menos de tipo histórico, y menos aún sobre argumentos vinculados a la historia nacional, de manera que la idea hay que saludarla con respeto. Además, es una producción lujosa, bien puesta en escena, riquísima en decorados y vestuarios y contada con buena mano, aunque es verdad que la versión para la tele, con muchos minutos más, cae demasiadas veces en remansos narrativos. El caso es que uno ve Los Borgia y no puede dejar de pensar en qué magníficas cosas podrían hacer nuestros canales si se decidieran a apostar por llevar a la pantalla los grandes episodios de la historia española. La peripecia de Los Borgia ofrece una relevancia muy lateral desde este punto de vista (el de la historia española), pero es en sí misma un relato fascinante, como ocurre siempre que las fuerzas elementales -el poder, la ambición, etc.- aparecen al desnudo. Mario Puzo -el de El Padrino - llegó a sostener que los Borgia fueron la primera gran familia mafiosa de todos los tiempos, lo cual es un poco aventurado; más que nada, porque eso presupone juzgar acontecimientos pasados con ojos del presente. Este es uno de los grandes vicios de las narraciones de época, tanto en la literatura como en el cine, y aquí es donde el aficionado a la Historia de verdad puede encontrarle algún fallo serio a Los Borgia de Antena 3, porque en el guión no se aprecia esfuerzo alguno por meterse en la cabeza o en el corazón de un personaje de principios del siglo XVI. Uno ve Los Borgia y demasiadas veces tiene la impresión de que esa misma narración podría perfectamente trasplantarse a cualquier otro periodo; eso, en literatura, suele ser el signo de los clásicos, pero cuando se hace cine de época es más bien signo de superficialidad. Concedamos que, en el caso de este ilustre y a la vez siniestro clan, atenerse a la realidad histórica es difícil, porque la leyenda tejida en torno a esta gente es tan densa que resulta casi imposible saber qué fue verdad y qué pura invención, empezando por la hipótesis de que Rodrigo quería construirse un Estado propio para sí. En todo caso, da gusto poder criticar alguna producción en estos términos; ojalá hubiera más.

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