Publicado por
JOSÉ JAVIER ESPARZA
León

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ES MUY INTERESANTE ver los programas de «talentos» que tenemos en pantalla, que son numerosos. Además de los de corte clásico, como Operación triunfo o Fama, a bailar , tenemos los formatos actualizados de Tienes talento y Tú sí que vales . Por todos ellos va pasando la gente intentando demostrar sus dotes para las artes más diversas. En ocasiones descubre uno cosas realmente admirables. Los programas, por otro lado, ponen de su parte una creciente perfección escenográfica, de manera que el espectáculo suele ser atractivo. Sin embargo, confieso que lo que más me fascina de los programas de talentos es la gente que acude a ellos sin poseer talento alguno. Uno ve de todo. Y todo ello, sin excepción, absolutamente consternante, deplorable, digno de conmiseración. Veamos: ¿Qué puede llevar a presentar como cantante a alguien que tiene un oído enfrente de otro? ¿Qué puede mover a postularse como humorista a alguien que tiene menos gracia que Fernando Alonso? Sin duda detrás de esas decisiones hay todo un mundo misterioso, enigmático, ese tipo de historias que fascinan al novelista urbano, hechas a partes iguales de mezquindad y de ingenuidad. Alguien, tal vez, ha dicho al osado: «¿Por qué no? Tú puedes». Habría que saber entonces si el animador ha obrado movido por la sincera amistad, por la compasión o quizá por un irrefrenable deseo de ver cómo el prójimo hace el ridículo. También podemos imaginar otras situaciones aún más dramáticas: ese tipo que se siente solo, miserable, muy poquita cosa, y que ve en el espectáculo televisivo una salida eficiente a sus más íntimas frustraciones, porque una vez ahí, en la tele, todo el mundo le verá, pasará a ser alguien, y los vecinos o los compañeros de trabajo le saludarán como a un triunfador. Aquí ya no vale la figura tópica de la reina por un día en la que solía sustanciarse la efímera gloria televisiva: el concursante sin talento sabe que no va a ser reina, sino, más bien, bufón por un día. Tampoco vale esa otra interpretación del minuto de gloria, cebo irresistible para unas masas condenadas al anonimato; porque este minuto no va a ser de gloria, sino más bien de sarcasmo, de escarnio, de choteo universal, y al temerario que se lanza a la escena sin más crédito que su propia incompetencia no le espera otra cosa que el descalabro. Y sin embargo, ahí los tenemos: los sin-talento, nuevo lumpen-proletariado de la lucha de clases televisiva, reclama su lugar bajo los focos; no piden que se les reconozca lo que no tienen, sino, simplemente, que se les haga un hueco en ese dispensador cotidiano de fama -buena y mala- que es la televisión. L os más afortunados se convertirán en frikis profesionales; sueños de lodo, pero sueños al cabo.

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