Diario de León

Sepúlveda recorre la geografía humana en «La lámpara de Aladino»

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Carmen Sigüenza - madrid
León

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Acostumbrado a mirar a su alrededor para captar «el componente mágico que tiene la vida», el escritor chileno Luis Sepúlveda, afincado en Gijón, el lugar que, según dice, le ha hecho «tener una tierra bajo los pies», ha reunido doce relatos en La lámpara de Aladino, todo un recorrido por la geografía humana. Editado por Tusquets, La lámpara de Aladino, que ya ha sido traducido al portugués, italiano y francés, no en vano Sepúlveda está considerado uno de los escritores en español más traducidos, revisa los lugares y situaciones que más han influido a este autor, que, desde que se exilió de Chile en 1977, no ha parado de vivir en diferentes sitios hasta que recaló en Asturias hace diez años. Y para poner el espejo retrovisor y mirar hacia la Patagonia, la Alejandría de Kavafis, el Hamburgo lluvioso o el Chile de los sesenta Sepúlveda ha elegido el relato porque considera que es el género «más intimo» y el que más le gusta. «Me encanta el relato o el cuento. Te exige concisión, es un género de madurez, el más difícil porque te pide oficio y tiene una regla de oro, que es la espontaneidad», explica este escritor, que alcanzó el éxito con Un viejo que leía historias de amor, traducido a 52 idiomas, con cifra de ventas millonarias y que fue llevada al cine con guión del propio Sepúlveda. Pero no sólo esta novela le dio fama y éxito porque le siguieron Mundo del fin del mundo, Nombre de torero, Patagonia Express o Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar. Convencido de que la literatura sirve «para pasar buenos momentos y para entregarte a una buena reflexión», Sepúlveda afirma que los momentos mágicos en los libros no son exclusivos de los latinoamericanos.

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