Diario de León

EL INVENTO DEL MALIGNO | JOSÉ JAVIER ESPARZA

Hormonas

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JOSÉ JAVIER ESPARZA
León

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EL SERIAL de alienación adolescente que emite Antena 3, Física o química , ha consolidado sus cifras de audiencia en torno a los tres millones de espectadores. Hay calamidades peores.

La otra noche vi un episodio completo de la serie, cosa que no padecía desde la temporada anterior. Lamentablemente, el serial, a pesar de todas las críticas recibidas por parte de profesores, padres y jóvenes, no ha modificado apenas sus planteamientos: nihilismo blando para mentes unidimensionales. Y ocupándolo todo, el sexo.

Bueno, no todo: también hay un huequito para los videojuegos. Aquí hay dos cosas molestas, más aún: reprobables. Una, la reducción; la segunda, la banalización.

Ya sabemos todos que la adolescencia es un acontecimiento hormonal -”lo sabemos porque todos hemos pasado por ahí-”, pero reducir el universo de los jóvenes a una búsqueda incesante del polvo perdido resulta, como poco, empobrecedor. El descubrimiento del sexo tiene un espacio importante en la vida, pero es un espacio, no es el cosmos.

Si además ese espacio se presenta como algo trivial y doméstico, un divertimento, un «segmento de ocio», una actividad lúdica y banal, como jugar a las chapas o resolver crucigramas, entonces el paisaje se hace simplemente desolador. Física o química hace exactamente eso: reduce lo adolescente a la preocupación sexual y acto seguido la banaliza.

Ahora bien, quien vive para lo banal es, por definición, un estúpido o un alienado. ¿Es esa realmente la idea de «lo joven» que los guionistas de Física o química quieren proponer a la sociedad española?

No creo, pero es lo que consiguen. Por supuesto, rápidamente nos objetarán que la vida real es así.

Bien, pero la vida, ¿de quién exactamente?

También nos dirán que esta manera de presentar las cosas se corresponde con una «sociedad de libertades», pero me parece que ya va siendo hora de rechazar este tipo de engañifas.

Es impresentable que toda esta atmósfera de cerebros jibarizados y espíritus anoréxicos se presente envuelta en un discurso de «libertad».

La libertad, éticamente hablando, es la facultad de ser dueño de uno mismo, lo cual rara vez tiene que ver con hacer lo que a uno le resulta más fácil, placentero o cómodo. Por eso la libertad se materializa en responsabilidad, y no en inhibición. La libertad es también dominio, no abandono.

Seguramente hay quien está interesado en construir una generación cuyo horizonte se reduzca al sexo y la playstation .

Bueno: siempre ha habido expendedores de opio. Pero conviene que, al otro lado de la pantalla, el espectador sea consciente de que le están vendiendo una burra inútil y enferma.

Y con virus contagiosos.

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