EL INVENTO DEL MALIGNO | JOSÉ JAVIER ESPARZA

Fórmula 1

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JOSÉ JAVIER ESPARZA
León

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TODOS los críticos de televisión deberían pasar, al menos de vez en cuando, por la experiencia de ver la tele en comunidad, es decir, con otras personas, preferiblemente ajenas al mundillo de la tele y del periodismo. El trance ilustra mucho sobre la ancha distancia que media entre el paladar del crítico y el del espectador convencional. La otra mañana, sábado, hice nuevamente la prueba: seguí una carrera de Fórmula 1 en el hall de un hotel de pueblo, acompañado por una docena de desconocidos. Confieso que, personalmente, considero las carreras televisadas de Fórmula 1 como uno de los espectáculos más aburridos de todos los tiempos. Conozco a centenares de personas que siguen con pasión estas cosas y, por las cifras de audiencia, me consta que millones de compatriotas míos no se pierden una sola carrera, pero a mí estas pruebas me resultan tan apasionantes como el eterno periplo circular de un burro en torno a su noria (y no, no me refiero a lo de Jordi en Telecinco).

Todo esto no lo digo con jactancia, sino con la imprescindible humildad de quien, por más que se esfuerce, ha de admitir que sus entendederas permanecen cerradas a la luz: algo hay en mi cerebro que funciona de manera incorrecta y me impide disfrutar de esa magna combinación de velocidad y ruido.

Como la puesta en escena del maquinismo no me dice nada, limité mi mirada a dos puntos: uno, el trabajo de los locutores de la cadena, que era La Sexta; dos, los comentarios de mis anónimos colegas de salita. Respecto al primer punto, pude comprobar que, si uno no sabe de qué va la fiesta, el trabajo de los locutores no le sirve absolutamente para nada: en su mayor parte, estos profesionales hablan para los aficionados, o sea, para gente que conoce el terreno; este recurso sirve, sin duda, para crear una cierta complicidad con el espectador, pero hace que el paisaje sea disuasorio para el lego . Y respecto al segundo punto, es decir, las reacciones del personal, confieso mi plena estupefacción: yo juraría que Fernando Alonso, hace apenas unos meses, era una especie de moderno Hércules capaz de superar las más duras pruebas, un superdotado que a sus dotes para el volante añadía una inteligencia preclara, una nítida altura ética y una incuestionable apostura personal; pero a juzgar por las voces de mis acompañantes, Fernando Alonso es ahora un lamentable paquete que no sabe conducir, un pozo ciego de ambición y, además, con muy mal carácter. E

Este fue quizás el descubrimiento más llamativo de la mañana del sábado: ese al que yo creía un ídolo, resulta que se ha convertido en un espejo de abominación. ¿Y ahora qué va a hacer La Sexta con todo el dinero que se ha gastado?

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