Diario de León
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El invento del maligno boquerini

Cuentan los expertos que se ve más televisión que nunca. Hace un par de años se pensaba que, con el auge de otras pantallas, fundamentalmente las de los móviles e internet, la audiencia de la televisión, al menos a través de ese electrodoméstico que domina el comedor o el salón en todas las viviendas, había tocado techo. Pero la realidad es tozuda y se esfuerza en desmentir a los expertos. Estamos a punto de sobrepasar las cuatro horas de molicie sentados ante el televisor. Incluso en verano, que las costumbres y las vacaciones propician a cambiar los hábitos, a apagar la caja tonta y a salir a divertirse a playas, piscinas, chiringuitos, discotecas, merenderos y verbenas, el consumo de televisión no decae. Hemos pasado del homo sapiens al homo adictus, pero no adicto a todo tipo de sustancias, que también: el hombre contemporáneo, el que ha saludado estos primeros años del siglo XXI, ha resultado ser teleadicto.

Hace décadas, los escritores de ciencia ficción mostraban a la humanidad en el siglo XXI como caníbales supervivientes de algún holocausto nuclear o como seres tan felices como alienados que han alcanzado el nirvana total. Lo que ninguno se imaginaba es que este nirvana se iba a alcanzar gracias a ¿Dónde estás, corazón?, Sálvame, Vaya par de tres, Mujeres y hombres y viceversa y tantos espacios clónicos dedicados a los problemas sentimentales o de convivencia. Se podría pensar que hay una relación directa entre el nivel de desarrollo y la adicción televisiva, y a más desarrollo, más cultura y más conocimientos, menos consumo televisivo, pero esto tampoco es así. La cultura no hace a los humanos más selectivos a la hora de encender el televisor. Tampoco el grado de desarrollo. Se consume tanta televisión en los Estados Unidos que en las zonas de mayor miseria del tercer mundo donde, en cualquier chabola en la que falta de todo, lo único siempre presente es un televisor y una antena parabólica.

En la madrugada del miércoles al jueves los cielos de medio planeta se llenaron de las perseidas, un espectáculo mágico que solo sucede una vez al año, con miles de estrellas fugaces cruzando el firmamento. Algo único que justificaría sobradamente apagar la tele, asomarse a la ventana y mirar al cielo. Sin embargo el «homo teleadictus» no se levantó del sillón del salón. Ni apagó el televisor ni se asomó a la ventana, ni miró al cielo. Siguió mirando la televisión, completamente enganchado, que en esos momentos, entre otras cosas, ponía Astro Show , horrible concurso sacaperras que sí mira a las estrellas, pero a través de horóscopos de tres al cuarto

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