Publicado por
josé javier esparza
León

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Hay fracasos tan estrepitosos que resultan inconcebibles, no tanto por el fracaso como por el estrépito. Es lo que está pasando con una nueva telecomedia española, Los exitosos Pells, en la franja de tarde de Cuatro. Las cifras de la semana son realmente desoladoras: 3,4% el viernes, 2,9% el jueves, 3,5% el miércoles, 3,8% el martes, 3,9% el lunes. Estamos hablando de porcentajes que, extrapolados, quedan siempre por debajo del medio millón de espectadores; esa cifra, a las seis y pico de la tarde, es simplemente catastrófica. Para que usted se haga una idea, el programa que precede a Los exitosos Pells en esa misma cadena (el casting de Fama, a bailar) suele rondar e incluso superar el millón de espectadores. Las ofertas de los otros canales superan, todas ellas, a esta de Cuatro, con la única excepción de Estados alterados, en La Sexta, que no obstante presenta cifras levemente mejores. ¿Cómo es posible naufragar tanto? Esta es la cuestión. Los exitosos Pells es una serie argentina de mucho éxito creada por Sebastián Ortega y exportada a varios países iberoamericanos. La adaptación española ha llegado de la mano de Zeppelín TV. En los papeles principales están Miguel Barberá, Beatriz Segura, Marta Calvó y Juan Fernández. Es, en fin, una serie como otras muchas, con los mismos antecedentes de otras y sin nada que, a priori, permita explicar un castigo tan severo. Incluso, si uno mira su factura general, hay que reconocer que no es una obra rematadamente mala, y hasta tiene cualidades técnicas reseñables. Ahora bien, Los exitosos Pells es el típico ejemplo de «buen producto» que, sin embargo, una vez llevado a la pantalla termina siendo una mala serie. ¿Eso es posible? Sí, es posible. Una cosa es fabricar una serie y otra es ponerla a funcionar. La producción de esta versión española de Los exitosos Pells es buena: son decentes los decorados, es aceptable el ritmo del guión, la puesta en escena es de buen nivel, incluso las interpretaciones son razonables dentro del registro cómico (en la medida en que el presente registro cómico español pueda ser considerado «razonable»). Y sin embargo, al poner en marcha todo eso resulta que nada funciona como debe o, para ser más precisos, la serie no consigue transmitir al espectador ninguna de esas virtudes. ¿Por qué? Sencillamente, porque la historia es una mamarrachada: a partir de una serie de sucesos improbables, se limita a enhebrar situaciones de dudosa comicidad que vienen, casi en todos los casos, traídas por los pelos. Y cuando no hay historia que contar, hace falta un prodigio —como el de la última Yo soy Bea, por ejemplo— para que el público se enganche. Prodigio que aquí, visiblemente, no se da.

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