opinión | el invento del maligno
A galopar
El actor catalán vuelve con fuerza después de desaparecer durante año y medio para protagonizar de nuevo la que será decimoctava edición de la serie de Telecinco
A finales de los 60, la televisión franquista ofrecía paradójicamente un programa musical que marcaba estilo, tanto por su estética minimalista y op-art, como por la selección exquisita de intérpretes. Era TeleRitmo, realizado por José María Quero. También pasaron por allí los que terminarían censurados y proscritos, como el Serrat pre-eurovisivo e incluso Paco Ibáñez, que parecía un inofensivo musicador de poetas y terminó convertido en la verdadera arma musical contra el régimen.
Viene todo esto a la memoria al ver que nuestro Paco del «a galopar hasta enterrarlos en el mar» ha celebrado con un recital en el Chàtelet los 40 años de su debut francés en los míticos conciertos de la Sorbona y del Olyimpia. Conservo una entrada del 2 de diciembre del 69, que me regaló su productor Moshe Naim, cuando buscaba con Xavier Ribalta materiales para un spot y para un documental para el que fuimos a rodarle a la periferia de Madrid, junto al desaparecido José Agustín Goytisolo. A mitad de un Palabras para Julia rompió una tormenta que nos hizo salir a público y cámaras al galope. La música y la voz de Paco Ibáñez, con los grandes poetas españoles, los letristas, de Quevedo a Blas de Otero, fue un motor de la revolución interna contra la mediocridad cultural del tardofranquismo. Se cantaba a escondidas con su disco de fondo en los guateques para soñar un mundo mejor.
Estuve también a mediados de los 70 en el parisino Bar Salvy regentado por su madre vasca, que con su hermano Rogelio arropaban al gran Paco, siempre receloso de hablar para las cámaras. Pocos recordarán su paso fugaz por TeleRitmo. Y apenas se le vio después en la tele del postfranquismo, por su falta de colaboración con el nuevo régimen. Solo se grabó su concierto con Alberti gracias a los buenos oficios de Isabel Raventós. Pero 40 años más tarde, al gran Paco no le eclipsa ni la falta de televisión.