San Vicente del Bosque
Admitámoslo: a priori, no es el tipo de persona que te llevarías para animar un guateque. Del Bosque parece serio e imperturbable. Quizá, hasta soso. Sin embargo, este salmantino es un líder indiscutible, admirado y querido por sus jugadores. ¿Usted no le dejaría las llaves de su coche nuevo? Fue un gran jugador y como técnico ha logrado numerosos triunfos, que porta sin jactancia alguna, como galones invisibles Su autoridad no se expresa a través del estruendo verbal y gestual, como ocurre con Clemente o con Aragonés, sino mediante el minimalismo: con movimientos apenas imperceptibles, pero intensos como una tormenta en el mar. Tiene algo de canónigo de catedral, o de recio mesonero. Cuando el Real Madrid prescindió -injustamente y con mal estilo- de él como entrenador, actuó con discreción y esa nobleza de espíritu reservada a los más grandes. Su rostro expresa la soledad del mando, consciencia de la fugacidad de todo, de las victorias y de la derrotas. Sabe que muchos de quienes hoy aplauden, mañana -“llegado el caso- empuñarán cuchillos, pues así es la condición humana, y el fútbol refleja la vida. Vales si ganas. Pero de este espejismo arbitrario hablaremos otro día.
Aristóteles se preguntaba por qué todos los genios son melancólicos. Del Bosque no es la excepción: genial y melancólico. Un asceta del balón, para quien la humildad no depende del día. En sus manos encomendamos nuestras esperanzas; y en los pies de sus seleccionados, claro.
San Vicente del Bosque, hacedor de milagros, recién escapado de una vidriera. Los reveses profesionales le han hecho ser más fuerte y bueno de lo que ya era. Y esa sabiduría emocional impregna su concepción del fútbol, que, en efecto, es como la vida: pura épica.