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León

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La ocurrencia elogiada ha sido el titular de As . Ese de Visca España. Porque rápidamente el éxito se convierte en un tráiler al que quiere subirse todo el mundo. De repente, los que critican el exceso de deporte dominical cotidiano lo convierten en catalizador de sintonías, aquellas que, por cierto, no consiguen ser afinadas por los que en principio se dedican a eso. La política, lejos, porque el infierno está lleno de buenas intenciones. Este equipo español es eso, un equipo.

Sin más. Y sus valores son para admirarlos, y no instrumentalizarlos. Pero he aquí el hito de este colectivo: ahora queremos que sean punta de lanza de esta España nuestra, siempre con la vez pedida en el psiquiatra.

Pero, desde lo sentimental, hay una referencia maravillosa de la grandeza del fútbol. Esa que es que un chico de poco más de 1,60 pueda ser el astro de una época y todo comience con un balón roto, estrellado una y otra vez contra la maltrecha pared de mal cemento de su infravivienda.

Como Maradona, o Ronaldo (el bueno). O que un equipo modesto tenga un protagonismo superior a sus expectativas. Como el Sporting.

En cuanto a la Selección Española, el Sporting de Gijón es algo más que ese simpático equipo de Gijón. Ya, como equipo, es más que un club y tiene una historia más que interesante. Periférico y con los altibajos propios de quien vive alejado de la tarta del poder futbolístico, con el Sporting siempre hay que contar.

Aunque pase diez años en segunda. El Sporting siempre mira hacia arriba. Y Mareo, esa escuela que sobrevive con una mala salud de hierro, es una factoría entrañable y productiva. A conservar y promocionar.

Manjarín, Luis Enrique, Villa, Maceda, Eloy y Abelardo son palabras mayores en la historia de la Selección. Pero no hay que olvidar a Juanele o Joaquín. Y ya puestos, a Quini. Enrique Castro González, Quini, es un personaje singular, porque, para empezar, el símbolo del sportinguismo nació en Oviedo, en 1949. Fue siete veces Pichichi, el que más, cinco en Primera y dos en Segunda.

Dos años consecutivos en su periplo por el Barça. Alcanzó la internacionalidad en 35 ocasiones. Debutó marcando ante Grecia. Y estuvo presente en dos mundiales (78 y 82) y una Eurocopa (80). Santillana, otro grande, era el que gozaba del beneplácito del poder unívoco. Pero Quini era una alternativa que mereció más repercusión, porque, ahora, a toro pasado, el algodón de la historia no engaña.

Eloy falló el fatídico penalti que apeó a España de México 86. Manjarín formó parte de ese equipo Olímpico que ganó en el 92. Abelardo fue un defensa de época en la Selección, con 54 participaciones, dos mundiales, dos eurocopas, y un oro olímpico, también el de 1992. Luis Enrique fue un líder en el combinado nacional, y ya ha sido recordado aquel codazo de Tasotti. Maceda es palabra mayor. Porque un gol suyo, contra Alemania, en 1984, acreditó el pase a la final de España.

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Y, por último, una carrera breve para recordar el presente: David Villa. Hasta aquí podemos leer porque está escribiendo la historia. Silencio, o mucho ruido.