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jesús esteban rodríguez
León

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M i padre selló mi pacto eterno con el Athletic de Bilbao llevándome a la inauguración de La Puentecilla.

Aquella temporada descendió la Cultural para siempre y ganó su última liga el Athletic para casi siempre -”sólo, dos más de Javier Clemente en los ochenta-”. Yo, imperturbable. Se es del Athletic como se es de Ortega y Gasset o de Miguel de Unamuno, por compartir su filosofía vital, no por los triunfos y las alegrías que depare.

Casi sin darme cuenta fui aplacando mi hambre de gloria con el Real Madrid: Alfredo Di Stéfano, Puskas y Gento; Amancio, Emilio Butragueño y Zidane; ligas y más ligas, no sé cuántas copas, nueve de Europa, intercontinentales, en fin, todo. El mejor club de todos los tiempos. El orgullo del fútbol español.

Pero mira por dónde nuestra selección gana su segunda Eurocopa y la primera del Mundo, y una plantilla de españolitos de todas las Españas gira en torno a dos ratones que, día a día, elevan el fútbol a la categoría de arte, de bello arte.

Se llaman Xavi Hernández y Andrés Iniesta y tienen continuidad en el Fútbol Club Barcelona con otro ratón que hace posible lo imposible. Se llama Messi y es como de casa, aquí se ha hecho futbolista.

Saca paredes de metro y medio, diagonales a pierna cambiada y caderas desencajadas en la defensa contraria. Francamente, se me ha hecho muy difícil ser de la selección sin ser del Barça.

Ahora tengo tres amores: el Athletic de mi visceralidad, el Madrid de mi sentimiento y el Barcelona de mi razón. Debo de ser el único en el mundo que quiere que ganen siempre estos tres equipos. El problema surge cuando juegan entre ellos: aún prefiero que gane el Athletic. ¿Y cuando juegan los otros dos?... Siempre salí con el Madrid, hasta el año pasado que quería un empate.

Este año ya estoy con el Barça, yo también entiendo el fútbol así: las Meninas y el Guernica sobre un tapete verde, el genio al servicio de la colectividad y la colectividad al servicio del genio.

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Perdóname, papá.