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GAVELA
León

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L a Deportiva jugaba en Villarreal, y allí que me fui desde Valencia en la tarde soleada, cruzando el verdor y con una pequeña esperanza. Pequeña, que se concretaba en un empate. Porque no veía yo otra meta ante un equipo joven, crecido y solvente como es el filial del Submarino Amarillo. Pronto reviví una vieja emoción. Cuando, siendo un niño de ocho años, veía salir del vestuario de Santa Marta a la Deportiva de 1961. Medio siglo por el medio, cielos. Pero allí los mismos mozos delgados, optimistas, pegando saltos y haciendo estiramientos, con los mismos pantalones y las mismas camisetas blanquiazules. Saltó ahí una alarma dulce, de repente vi aquella Ponferrada de 35.000 habitantes. Calles de pavés, el gran reino verde y secreto de las Huertas del Sacramento; las humaredas maravillosas de las térmicas y de los trenes que taladraban los bordes del barrio de la Puebla.

Pero a lo que voy, al fútbol. El equipo me pareció muy voluntarioso y luchador, plantó cara. Fue un partido de gran pelea; podía ganar cualquiera, aunque lo más justo era el empate.

Fue entonces cuando llegó el maldito fallo, siempre hay uno; y costó un gol. A partir de ahí los bercianos se lanzaron en tromba. Más que dominar, empujaron por un buen rato a los jóvenes malvados. No marcaron, pero pudieron hacerlo en dos o tres ocasiones.

Creo que faltó velocidad en la media y más claridad en las llegadas. Más juego raso y menos aéreo. Pero pudo bastar con lo que había para haber ganado. También influyó que en frente había un portero extraordinario, el gallego Mariño. Me gustaron algunos jugadores. Como Acorán, el nuevo. Y particularmente, Del Olmo, que no paró de trabajar. Vi rabia y honradez en los blanquiazules, también advertí cómo un oscuro designio los aplasta un poco.

Pero no vi descenso inexorable, eso no. Miré el calendario, claro que está la cosa mal. Quedan dieciocho partidos, tendrían que ganar diez como mínimo. Mucho reto. Aunque milagros mayores se han visto en el fútbol. Ya veremos. Luego se fueron los humildes héroes, cada uno cambió el rostro cuando se iba. En la cara de Alcaide me pareció ver las facciones de Vizoso; las de Enrique en Toribio, y en Máyor las de Escobar que era hermano de mi tía.

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No llegué, sin embargo, a ver en la grada a mi padre, aún joven, entre el pequeño, irónico y entusiasta grupo de bercianos que me rodeaba. Pero seguro que él andaba por allí. Como cuando íbamos a Santa Marta y el mundo estaba por nacer.