Diario de León

la otra cara de... DIEGO CALZADO

«Sueño con parar el penalti del ascenso»

Siempre quiso jugar en la Cultural. Con sólo diez años iba al campo y a los seis escuchaba los partidos por la radio Es uno de los referentes de la primera plantilla. El portero y capitán del equipo leonés pasa p

Diego Calzado prepara un café en el bar Miss, el negocio que regentan sus padres desde hace 27 años.

Diego Calzado prepara un café en el bar Miss, el negocio que regentan sus padres desde hace 27 años.

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Sergio C. Anuncibay | León
León

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Al mal tiempo buena cara. Diego Calzado no sabe comportarse de otra forma. Él es así. Una persona que siempre esgrime una sonrisa con la que capear el vendaval. No es de torcer el gesto. El portero y capitán de la Cultural pasa por «el peor año deportivo de su vida» pero confía en que «todo llegue a buen puerto, salga adelante la venta del club y podamos salvar la categoría».

Tampoco guarda rencor a quienes le dieron la espalda. «Cuando me comunicaron la baja en mitad de la temporada fue uno de los peores días de mi vida, lo pase muy mal, pero ya está todo olvidado. Tengo que ser una persona como he sido siempre, feliz, mirar hacia delante», explica el cancerbero titular del primer equipo, uno de los jugadores más respaldados por la afición. «Soy una persona muy tranquila, nunca pierdo la sonrisa», justifica. «Me llevo bien con todo el mundo, no me gusta meter cizaña», matiza.

Nadie le ha regalado nada. «Me ha costado muchísimo llegar a donde estoy pero, sobre todo, mantenerme», reconoce. «Siempre he disfrutado del cariño de todo el mundo. La afición me demostró el día del partido contra el Caudal que soy un jugador muy querido. Amo a este club, seré mejor o peor, pero doy todo lo que puedo cada fin de semana», responde.

Su idilio con la Cultural empezó cuando era muy pequeño. Los clientes del bar que regenta su familia desde hace 27 años lo llevaban al campo mientras su padre trabajaba. «Soy socio desde muy jovencito. Con diez años me iba del bar a las cuatro y media de la tarde para la Fuentecilla y disfrutaba como un enano», recuerda. Con siete escuchaba los partidos por la radio.

Ahora es él quien defiende los colores del equipo de su ciudad. «Ésa era mi meta. Mi padre me decía entonces que en ese campo iba a jugar yo. He cumplido uno de mis sueños», afirma. Todo ha pasado muy deprisa, casi sin tiempo para poder digerirlo. «En juveniles apostaron por mí y tuve la oportunidad de jugar en División de Honor. El año de Cervera subí al primer equipo, disfruté de pocos minutos pero para mí fueron suficientes porque no podía imaginar que jugaría en 2ªB en mi primer año. Fue muy bonito», reconoce.

Nunca dudó de su vocación. «Siempre he sido portero, aunque empecé en el fútbol sala. Antes era algo regordete pero decían que me movía muy bien». Atajó su primer balón en el Colegio San Juan de la Cruz, lo llamó la selección provincial y la autonómica. Sus amigos militaban en el Puente Castro y fue así como probó con el fútbol. Compaginó las dos disciplinas durante algún tiempo porque -"dice-" «me encantaba». A los catorce años eligió. Fichó por el equipo arlequinado, donde inició su formación. Después pasó por el León Club antes de llegar a la Cultural. Nunca ha probado fortuna por otros lares. «Prefería quedarme en casa y terminar los estudios», argumenta.

Calzado estudia Administración y Dirección de Empresas. Le quedan sólo dos asignaturas para terminar. No elude el sacrificio. «Voy a las ocho de la mañana a clases particulares para aprobar una de las materias en junio. Tengo que acabar este año», se exige. Le encantaría «ser director de banco», despojarse de su chándal y bucear entre los números.

Mientras tanto ayuda a sus padres sin ahorrar esfuerzos. A las siete y cuarto de la mañana abre el bar Miss, situado en la calle Velázquez, junto al Corte Inglés. Luego asiste a clase y más tarde al entrenamiento. Después vuelve al bar. Si tiene tiempo trabaja un rato en el gimnasio y luego queda con su novia, la leonesa Carolina Rodríguez, campeona de España de gimnasia rítmica. «Ése es el mejor momento del día», declara. El deporte le ha permitido conocer a su pareja, a la que admira «por el enorme sacrificio al que se somete para conseguir sus metas».

También le ha regalado «muy buenos momentos». Pudo jugar en el Camp Nou. Le metieron cinco, «pero me fui contento», revela. Paró un mano a mano a Messi. No descarta volver algún día a pisar el césped del templo blaugrana. Quiere que sea con la Cultural. «Es complicado por la situación en la que estamos pero espero volver a jugar una Copa del Rey y una fase de ascenso», pretende. Aún es muy joven. Sólo tiene 25 años. Está hecho con el molde de unos padres que le han inculcado la ley del trabajo como la única fórmula de triunfar en la vida. «Son un ejemplo porque un bar es un negocio muy sacrificado. Mi padre lleva muchísimos años madrugando, cerrando tarde, y ése es un lastre que pesa mucho», admite. Él sigue esforzándose para torcer sus sueños y despojarlos de la ilusión. Cuando duerme se ve «parando el penalti decisivo que da el ascenso a la Cultural». El Reino corea su nombre. Su madre no está. «No va nunca a los partidos porque se pone muy nerviosa. La oigo gritar aunque me tiren un balón facilísimo», sonríe.

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