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José Antonio A. Gundín
León

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A la memoria de Lauro Pérez Iglesias «Chino». Ponferrada es una ciudad con suerte, pero en cuestiones de fútbol hemos sufrido como mamones antes de rozar la gloria con los dedos, que fue ayer mismo, cuando ascendimos a Segunda División entre pínfanos triunfales. Durante muchos años libramos las batallas más oscuras e infames de Tercera con el único consuelo de conjurar nuestro destino dos veces por temporada contra la Cultural, cuyo nombre considerábamos tan cursi que nos daba reparo golearla con el ensañamiento del chico de barrio. En el mítico campo de Santa Marta, donde los chavales gozábamos del raro privilegio de colarnos por la puerta principal, aprendimos que la victoria sabe a miel y a camaradería, y que la derrota es un nudo de vinagre en la garganta. Allí descubrimos con ojos de asombro la ilimitada extensión de una tarde de domingo, pero también nos dejamos jirones de sueños colgados de la portería y sufrimos por partida doble el síndrome tan español de no culminar la ansiada gesta. Si la Selección no pasaba de cuartos, la Ponferradina marraba siempre en el último minuto su ascenso de categoría. Una especie de maldición bíblica nos perseguía más allá del minuto 90 y cuando el milagro estaba a punto de hacerse carne, ¡zas!, caíamos fulminados por el rayo de la desventura. Estupor. Rabia. Lágrimas. Hasta que un alma caritativa, por lo general el mayor de la pandilla, nos recomponía el universo destruido: «No nos interesa subir a Segunda, no véis que es muy caro, y total, para qué?». Y aquella noche dormíamos con el consuelo de habernos librado de una bancarrota segura.

No obstante, nunca se me olvidaron las derrotas que nos propinaron aquellos adversarios temibles y con sus nombres confeccioné una geografía de la aversión que aún hoy me cuesta domeñar: Langreo, Eibar, Baracaldo, Arandina... Durante años, cuando iba de viaje, trataba de evitar estas industriosas poblaciones dando un rodeo, pero a raíz de la subida al Olimpo de Segunda, cambié de táctica: visité algunas a propósito para pegar la hebra con algún camarero o dependiente incauto y preguntarle, como quien no quiere la cosa: ¿Qué, también estáis en Segunda, como la Ponferradina? En Aranda, un día se mosquearon y me pusieron el cordero requemado. Pero me supo a gloria.

Como me sabe a miel sobre hojuelas la visita del Real Madrid al Toralín, en una eliminatoria de poder a poder. No cabe duda de que Mouriño intentará apearnos de la competición. Si así fuera, prometo no incluir el nombre de Madrid en mi personal geografía de la ojeriza. Sólo lamento no ser del Atlético de Madrid, como el añorado Lauro, «Chino» para todos los amigos y clientes del «Gundín», un ponferradino hasta la médula, atlético de religión y antimadridista por imperativo genético. Siempre que pudo jamás faltó a la cita dominical con su Deportiva, así lloviera, tronara o cayera un sol de justicia. Hoy tendría uno de los primeros carnés del club. Estoy seguro de que tampoco se perderá, allí donde esté, este duelo entre su amado equipo y su odiado Real Madrid. Y le envidiaré porque disfrutará mucho más intensamente que yo, que siendo ponferradino de sangre, soy madridista de adopción. Así que confío en que eliminemos al Madrid para luego cebarnos con el Barcelona y recobrar aquellos sueños hecho jirones en el campo de Santa Marta.

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