Diario de León

EL PARTIDO DEL SIGLO | LA OPINIÓN

Lo nunca visto

Publicado por
César Gavela
León

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El Real Madrid aquella noche de mayo de 1964 jugaba la final de la copa de Europa en Viena contra el Inter de Milán. El Madrid ya había ganado las primeras cinco copas de Europa y era el equipo de Amancio, Puskas y Gento. Y sobre todo de Di Stéfano, el jugador más mítico que he conocido.

El Inter era el club europeo más ultradefensivo y más amenazador del poderío blanco. Yo quería ver el partido, pero para eso tenía que bajar al Mi Bar, que luego se llamó y se llama Veracruz. Porque aún no teníamos televisor en casa.

Si mi padre no estuviera de viaje, habría ido con él. Aún así le pedí permiso a mi madre, pero no me dejó ir. ¿Qué hice entonces? Pues salí al balcón de aquel cuarto piso y traté de otear el resultado.

Pronto me extrañó el gran silencio del Mi Bar, que estaba abarrotado. Luego escuché unos ayes, que parecían de dolor. Y unos “¡uy!” que tampoco auguraban nada bueno.

Continuaba el silencio; también mi zozobra. Porque yo entonces era un poco del Real Madrid. Pero mucho más de la Deportiva. Y soñaba, locamente, con que algún día pudieran enfrentarse los dos equipos en un partido oficial.

Nervioso, miré el reloj: ya debería de estar acabando la final. Algo después vi salir a los primeros clientes. Iban serios; estaba claro que el Madrid había perdido pese a ser casi invencible. Influyó, sin duda, que Di Stéfano y Puskas ya estaban viejos.

He sido del Madrid, luego de muchos otros y ahora del Levante. Ahora bien, mi fidelidad a la Deportiva es inquebrantable desde un día del otoño de 1961 en que fui por primera vez a Santa Marta a verla jugar. Y eso que el partido terminó con un empate “in extremis” frente a La Bañeza.

Desde entonces siempre he seguido a los blanquiazules con el máximo interés. Con muchas sombras y con dos gozos enormes que pronto se esfumaron. Los ascensos a segunda.

Es un equipo grande la Deportiva. Grande en su categoría, en la dimensión de la ciudad y del Bierzo. El Madrid juega en la galaxia y la Ponferradina en su digno y esforzado subsuelo. Cada uno tiene su reto y su historia. La de la Deportiva es humilde, pero casi tan larga como la del Real Madrid.

Y aunque las diferencias son estratosféricas, la alegría del aficionado que ve marcar al Madrid o a la Deportiva es la misma. Y aún mayor, creo, si los del Bierzo le meten un gol al club más famoso del mundo.

Ahí están de nuevo los blanquiazules. Dicen las estadísticas que todos los rivales de segunda B que se enfrentan al Real Madrid luego suben a segunda al terminar la temporada. Ojalá suceda ahora lo mismo.

Y si en 1964 lamenté no ver aquella final de Viena, ahora podré ver el partido del Toralín. Aunque esté lejos, la televisión me traerá toda la emoción, también la extrañeza y desde luego, la alegría. Nunca imaginé algo parecido.

En cuanto al resultado, sueño con un empate con goles.

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