EL PARTIDO DEL SIGLO | LA OPINIÓN
¡No olvidéis la cámara!
Nací al Real Madrid el 21 de mayo de 1958, a la edad de nueve años, en la cantina de mi casa, pegado a una radio que se oía con dificultad y se escuchaba aún menos, debido a los gritos y la pasión del ambiente. Se jugaba la final de la Copa Europa en el estadio Heysel de Bruselas entre el Real Madrid y el Milan, y aquello acabó en un angustioso 3-2 cuando Gento metió en la prórroga (minuto 107) el gol definitivo, que puso la Tercera Copa de Europa en manos del Madrid.
Fue una final angustiosa, en la que se anticiparon por dos veces los italianos y el Madrid no marcó hasta el segundo tiempo, primero Di Stéfano (minuto 74) y después Rial (minuto 79) en respuesta a los goles de Schiaffino (minuto 59) y Grillo (minuto 70).
Di Stéfano marcó un sólo gol pero desplegó tal actividad, según nos fue contado por el narrador del partido, que para mí se erigió en dios. Por entonces no habían nacido las estrellas, alumbradas muchos años más tarde por los magos del marketing; los grandes jugadores simplemente eran héroes, y el más grande, como los musulmanes predican de Alá, se convirtió sencillamente en dios. Tanta fue mi devoción por el argentino-español que un pintor de brocha gorda, que a la sazón andaba por Peranzanes, me prometió que pintaría a Di Stéfano efectuando un toque de tacón en la pared de la bodega. «¿Si las paredes están encaladas cómo vas a dibujar a un jugador que va de blanco?», le pregunté. «No te preocupes», me respondió, «un día de estos bajo a Ponferrada y compro un bote de añil y simulamos el cielo. Así quedará perfecto».
El pintor se fue y nunca volvió con su carga de azulón, dejando a aquel niño el regalo de la primera decepción. Si alguien me hubiera dicho entonces que el Real Madrid de Di Stéfano vendría un día a Ponferrada a jugar un partido oficial con la Deportiva, creo que no me lo hubiera creído para evitar más desengaños. Aún hoy no sé si creérmelo del todo, pero parece ser que va a ser verdad: los jugadores de la Ponferradina se van a medir con el club más grande de todos los tiempos.
Yo no soy quien para darle instrucciones a la plantilla blanquiazul sobre cómo afrontar el partido tácticamente. Seguro que el entrenador y mi amigo Silvano sabrán darles el punto que se precisa para estar a la altura del acontecimiento. Tengo claro que se les puede ganar siempre que el árbitro no lo estropee. Al final habrá en cada mitad del campo 22 piernas por cada equipo, un sólo balón y dos porterías idénticas; o sea que yo el partido lo veo igualado. Es cuestión de que «entre la bolita» y eliminatoria pasada.
Mi recomendación para los jugadores de la Ponferradina, consideraciones deportivas aparte, es que no se olviden de la cámara de fotos, porque cuando lo cuenten a sus nietos a lo mejor no se lo creen: «menudo cañito que le hice a Pepe», «a Ronaldo no le dejé rascar bola», «Alonso no salió de su campo». Todo en fotos para que te crean.
Hablo desde la experiencia. Por avatares de la vida, en 1991, siendo yo Director de Comunicación de Prisa, no sólo tuve la oportunidad de conocer a Di Stéfano, sino que hicimos un viaje juntos en un avión privado, acompañando a Barcelona a Jesús de Polanco y a Ramón Mendoza con el fin de firmar un convenio entre Canal+, por un lado, y el Real Madrid y el Barcelona, por otro.
Fue un viaje atormentado, nunca mejor dicho, porque era septiembre y había gota fría sobre la ciudad condal. Yo iba sentado frente a dios, con sendos vasos de güisqui haciendo la güija sobre la mesita que nos separaba; y el gran Alfredo, percatado de mi canguelo desplegó toda su retranca argentina para afrontar la situación con dignidad, como si se tratara de sacar el balón de un campo embarrado. Por si aquello fuera poco, aquel día almorcé, creo recordar que en compañía de Alfredo Relaño, con Di Stéfano y Kubala, y luego organizamos un acto al que además se sumó Cruyff.
Futbolísticamente hablando aquel fue el día más importante de mi vida, donde me fue dado no sólo ver sino departir con tres dioses mayores del olimpo. Pero cometí un tremendo error: no llevaba cámara de fotos. Así que ¿cómo convencer a aquel niño de nueve años que soñaba con un Di Stéfano pintado en la pared que éste le había visitado en persona? Han pasado 20 años y cuanto se lo cuento aún no se lo cree.