Diario de León

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Soy leyenda

Ra. fa Nadal conquista frente a Djokovic su séptimo Roland Garros y entra en la historia del tenis como el mejor jugador en tierra batida.

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José Antonio Pascual | París
León

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Rafael Nadal se convirtió ayer en el primer tenista en sumar siete títulos de Roland Garros al doblegar por 6-4, 6-3, 2-6 y 7-5 al número uno del mundo, el serbio Novak Djokovic, en una final disputada en 3 horas y 49 minutos que la lluvia obligó a repartir en dos días. El mallorquín repitió el guión de la víspera y salió encendido a la Philippe Chatrier, donde el domingo se había detenido el encuentro después de tres horas de tenis, con un tanteo de 6-4, 6-3, 2-6 y 1-2 para Nadal.

Quebró de inicio el saque de Djokovic, se apuntó tres juegos seguidos y subió un 3-2 al marcador. Nadal parecía implacable, pero las fuerzas se fueron igualando en esta final aplazada, la primera en 31 años, y la lluvia volvió a reclamar protagonismo. El cielo encapotado rompió en agua y a punto estuvo de volverse a interrumpir el encuentro, con 5-4 para Nadal. El drama aumentaba.

«Por favor, proteged las bolas», le dijo Nadal al juez árbitro, el sueco Steffan Fransson, que convino con los jugadores esperar un par de minutos con la esperanza de que el sol le ganara la batalla a los chaparrones. El mallorquín quería evitar que, como en la víspera, la lluvia hiciera las bolas más pesadas, lastrando el bote de sus tiros. Esas bolas pesadas habían contribuido en la víspera a que el serbio regresara a un partido que tenía muy cuesta arriba, al endosarle ocho juegos a cero al español.

El cielo se mostró clemente con el tenis, los dos mejores tenistas del mundo reanudaron el duelo y llevaron el tanteo hasta un 6-5. La final, en la que Nadal se jugaba el plácet de la historia para adelantar al sueco Borg en títulos de Roland Garros y en la que Djokovic intentaba cerrar los cuatro Grand Slam de manera consecutiva, tomando el relevo de Rod Laver en 1969, se volvía más eléctrica. Pero Nadal no sucumbió a esa presión, que sí pudo con Djokovic. Con una doble falta, el serbio dejó el marcador en un definitivo 7-5. El balear cayó arrodillado, fulminado por el éxito y se fue a buscar el abrazo de los suyos en las gradas para celebrar que había ganado la 111ª edición de Roland Garros. Había tocado su séptimo cielo. Atrás quedaba el abrupto primer acto del día anterior, con un Nadal pletórico que parecía iba a sumar su tercer Grand Slam de París, y en el que la lluvia jugó un papel determinante.

«Siempre tengo sitio en casa para un trofeo de Roland Garros», bromeó Nadal con el micrófono ante el público de París que, una vez más, veía como el mallorquín se coronaba rey de la arcilla y, de paso, garantizaba su presencia en la Copa Masters. Ahora que Borg es ya otra muesca en el cinturón de Nadal, la próxima leyenda a superar se llama Sampras, único tenista que hasta hoy ha ganado siete veces en otro grande, Wimbledon.

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