Diario de León

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Oro para un adiós de leyenda

Phelps endulza su despedida de la alta competición con la quinta presea dorada .

Phelps muestra exultande el trofeo que le acredita como el mejor nadador de todos los tiempos.

Phelps muestra exultande el trofeo que le acredita como el mejor nadador de todos los tiempos.

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Javier Gómez Peña | Londres
León

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«Soy humano», insistió Michael Phelps tras ganar este sábado su último oro en su última carrera. Un dios que se jubila y que jura ser «humano». Tiene que decirlo porque nunca lo ha parecido. «Puse mi mente en hacer algo que nadie hiciera antes y ha sido un viaje asombroso», dijo al llegar a la orilla. Un viaje único. Legendario.

Durante mucho tiempo, todo se medirá en función de Phelps. Nadie tiene tanto: 22 medallas olímpicas, incluidos 18 oros. Los anfibios salieron del agua para dar origen a los reptiles, a las aves y, con el tiempo, al hombre. Phelps se metió con siete años en la piscina para calmar su hiperactividad infantil. Y cambió la teoría de la evolución. De aquel crío de Baltimore salió un pez de tamaño descomunal, el ejemplar más excepcional que ha dado la natación y, quizá, el deporte. Unos días antes de los Juegos londinenses, en su casa rusa de Obninsk, una anciana sonreía al hablar de él. «Es un chico adorable. Seguro que me supera», pronosticó Larisa Latynina, la gimnasta de las 18 medallas, del récord que parecía eterno. Ha habido que esperar 48 años para que alguien rebasara esa frontera. Phelps ha vuelto a pisar otra Luna. ¿Hasta cuándo habrá que aguardar para batirle? «No nadaré más», dijo ayer.

Lo ha hecho todo

Ya lo ha nadado todo. Así que cogió su último oro, salió de la piscina y volvió a ser humano. En el agua quedó flotando para siempre su leyenda. Las 18.000 voces de Parque Acuático le esperaban. Llegó encapuchado, boca abierta. Ojos fijos. Le quedaban 100 metros como nadador, la parte que le correspondía del relevo 4x100 estilos. Estados Unidos era el favorito

Y más con él. Tenían que despedirle así. Grevers, con su ancha espalda, colocó a los americanos por delante. Pero Hansen se dejó comer por Japón en braza. Ahí actuó Phepls. Su último servicio. En lo suyo: la mariposa.

Grande como un dinosaurio. Impuso el orden y dejó que Adrian, en libre, recogiera su último oro: 3.29.35 fue la marca. Phepls, en su tramo, braceó 23 segundos y 83 centésimas. El tiempo que dura el adiós a un prodigio. Su cuarto oro en Londres, su sexta medalla. De Pekín 2008 quedó una discusión de altura: ¿Quién fue la estrella más luminosa? ¿Phelps con sus ocho oros, uno más que Mark Spitz, o Bolt con sus tres estratosféricos récords en 100, 200 y 4x100 metros? Cualquiera de los dos sería justo vencedor del dilema. A Londres, Phelps vino desencanchado, algo cansado de su deporte. Empezó mal, con un cuarto puesto. Una afrenta en su historial. Pero no ha durado ese declive. Al contacto del agua, Phelp ha crecido. No hay competidor como él. El martes perdió el oro por milésimas en 200 mariposa y dos días después lo ganó con autoridad en 200 estilos. Ningún nadador había dominado la misma prueba durante tres Juegos.

Deportista insaciable

Sólo dos chicas le igualaban: la australiana Fraser, vencedora de los 100 libres en Melbourne’56, Roma’60 y Tokio’64, y la húngara Egerszegi, oro en 200 espalda en Seúl ‘88, Barcelona’92 y Atlanta’96. A por ellas. Phelps es un pájaro solitario. Quería dejarlas atrás: ser el único que gana tres veces consecutivas cuatro pruebas distintas. Y eso ha hecho en Londres: oro por tercera vez en 100 mariposa, en 200 estilos y en los relevos 4x100 estilos y 4x100 libres. Merecía quedarse solo. Así se siente en la historia del deporte. Nadie tiene más medallas olímpicas. Nadie ha sumado como él ocho títulos en unos Juegos (Pekín 2008). Como adorno, le añade 26 campeonatos mundiales y 37 récords. El sábado dio otro paso en su interminable leyenda, el último, y le puso a Bolt el listón tan arriba que ni el mejor atleta del siglo parece con piernas para tal brinco.

A los campeones se le talla por sus rivales. Phelps ha peleado con varias generaciones de nadadores maravillosos: Thorpe, Cavic, Crocker y ahora Lochte o Agnel. Los ha engullido. Ha sido intenso -seis oros en Atenas, ocho en Pekín y cuatro en Londres- y extenso: lleva una década marcando el rumbo, algo insólito en un deporte de biografías fugaces (Spitz y Thorpe se retiraron con 22 años). Ha dominado a su antojo tres Juegos, incluidos estos, que parecían fuera de su tiempo. No hay deportista de su talla.

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