Diario de León

A la honra de Liegos

Ante una dificultad organizativa, la lucha respondió con generosidad.

Una treintena de luchadoras y luchadores de la competición sénior, más algunos del local Club San Pelayo que no olvidaron cintos, ofrecieron una fiesta de lucha .

Una treintena de luchadoras y luchadores de la competición sénior, más algunos del local Club San Pelayo que no olvidaron cintos, ofrecieron una fiesta de lucha .

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A. Barreñada | Liegos
León

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El Club San Pelayo de Liegos es referente de entrega a la lucha leonesa. La lucha supo responder brindado a Liegos un corro especial en circunstancias de dificultad para llevar adelante el programado en liga de verano.

Luchadoras y luchadores de la Regularidad (más exacto sería decir de la excelencia) y algunos de los que esa localidad de Valdeburón no han olvidado los agarres (lo demostraron, después de hasta trece años sin competir), así como los miembros de mesa, árbitros, sanitarios... ofrecieron una fiesta de corro, al modo tradicional de los aluches, con enfrentamiento entre dos «partidos».

Fueron en este caso los de Pedro Llamas con los de Víctor Llamazares. Arbitraban Juan Pablo Tejerina y Ángel Pérez, y lo hicieron ante unos doscientos espectadores, que no pagaban entrada, pero que contribuyeron (con excusa de rifa) a aportar una significada recaudación para obsequiar a los generosos deportistas y luchadores de raza que habían hecho ese especial esfuerzo. Se sumaría a ello un regalo con carácter también tradicional, ocho gallos, que Felipe León y Felipe Sánchez aportaron para que esos bravos compartan celebración, allí en Liegos, en próxima fecha.

Fue ocasión especial, no importaba primordialmente el triunfo, pero ninguno de los que se puso el cinto luchó con merma alguna de su calidad; incluso, en algún caso se comentaba (entre broma y serio) que no se les veía luchar así, con esa efectividad, «de ordinario».

El reto de todos los tiempos, el «¿Hay quién luche?», lo lanzaba una de esa tierra montañesa, Riosol Cascos (en las filas del equipo «rival» por elección del capitán Pedro Llamas), que vencía en los dos primeros combates, hasta caer ante Alberto Fernández.

Cuatro rivales aguantó Alberto, hasta la salida de Sergio Martínez. Alternancias en victoria, sin ventajas claras para ninguno de los bandos, y lucha que, como se decía, para nada desmerecía de un auténtico «Montaña-Ribera». Para muestra, la de Víctor Díez, trazando mañas de galería, como un espectacular sobaquillo a Maikel Oblanca.

A este ribereño lo sucedía en el luche Rodrigo Fuentes. Cerca estuvo el gran joven luchador, de semilla en Cistierna y brote en Prioro, de repetir alguna de sus gestas en «el corro de los corros». Dejó sobre la cuidada hierba del Prado Cima a tres rivales, pero le cortaba la racha Víctor Llamazares.

Cinco adversarios se anotó el de Valderrueda (entre ellos «El Polvorilla», que, se sumaba de la mejor manera a esta iniciativa altruista), y con esos cinco vencidos se haría merecedor al «mazapán», si bien iba a tener que compartirlo con un miembro de su propio equipo:

Guillermo González.

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