una proeza leonesa en el desierto
León hace real el sueño del Dakar
El aventurero Óscar Fernández relata un hito histórico, cuando en 2010 se cumple por fin el anhelo de Ramón Gutiérrez y consigue completar con éxito el rally más duro y exigente del mundo.
Las duras etapas recorridas de sol a sol por un desierto que quema los motores de potentes motocicletas y la moral de ilusionados pilotos.
La última etapa del Dakar leonés la cuenta Óscar Fernández, después de las dos primeras narradas. Aventuras en modo leonés recorridas para que Ramón Gutiérrez pasara a la historia del rally más duro del mundo. «Hay que decir que la carrera no entra en Mauritania por la frontera convencional que está al oeste cerca de la costa, sino por un paso más bien de uso militar en una zona muy disputada por Marruecos y Mauritania por el linde de sus fronteras y que se halla completamente minada, por lo que tienen que ser escoltados por cascos azules y en la que por más de 100 kilómetros se halla señalada con antorchas cada 100 a 200 metros a un lado y al otro del recorrido para que nadie se salga ni un metro o podría activar una de ellas y provocar que estallasen como le sucedió ya a un piloto de camión en 1996, Laurent Gueguen, que murió por las heridas producidas al estallar una mina que activó su camión. Lo cruzan sobre la una de la madrugada, totalmente de noche y es una imagen de las más impactantes de la carrera. Ese pasillo formado por antorchas a lo largo de más de 100 kilómetros impacta, y mucho», asegura Óscar Fernández con gesto serio y casi emocionado.
La destreza de los pilotos para recorrer el desierto es fundamental.
El motor y el olor a gasolina se mezclan con los habitantes de la zona
«Y es que siempre me pasa lo mismo cuando me despierto y me acuerdo que estoy de viaje y que tengo la moto conmigo, es una alegría indescriptible, pero cuando además vas a atravesar 600 kilómetros de puro desierto sahariano, ya es la leche», advierte Óscar. A continuación expone: «Cargamos el coche con lo necesario, nos subimos a las monturas, encendimos el gps y en marcha».
«Mientras, Ramón Gutiérrez tenía una etapa especial de 700 kilómetros más un enlace de otro par de cientos. En esos 700 kilómetros no vio ni un solo pueblo. Nada. Ni una casa, ni un atisbo de humanidad, hasta que ya perdido y cansado cuando se metía la noche, se encontró a un pastor nómada con un rebaño de cabras y llevando encima todo lo que poseía, sin poder comunicarse verbalmente, hizo lo posible por entenderse, y explicarle de alguna manera que le haría compañía esa noche, pues en un mar de dunas con los focos de la moto apuntando sobre ellas, hacen el llamado efecto túnel, se vuelve imposible circular por ellas sin caerte un millón de veces. Mientras Ramón se quitaba las botas, apareció una moto que también venía en carrera por lo alto de una duna cercana y al verles cambió el rumbo hacia ellos. Era un francés y venía extenuado también. El pastor nómada comprendió la situación y les ofreció un par de mantas, para que pasaran la noche a la intemperie. También ordeñó una de sus cabras y en un cuenco de barro, le sirvió leche, que Ramón aceptó muy agradecido, no así el francés que tenía reparos en cuanto a coger cualquier virus», afirma Óscar Fernández.
«Mientras tanto nosotros, cuando el sol empezaba a despuntar, nos levantamos. Esa mañana mi moto no arrancó bien. Llevaba una KTM 640 Adventure, que había comprado de segunda mano en Badajoz para la ocasión y aunque la habíamos revisado no había tenido el suficiente tiempo para probarla como es debido, pero aún así aguantó todo el día. Pero al día siguiente, mi KTM no arrancó y cuando comprobé que tenía una fuga de agua del radiador y que la había perdido toda por una pieza no metálica que se había fundido por la temperatura que cogía el motor de lidiar con tanta arena, casi la quemo allí mismo, al más puro estilo Dakariano. Después de el cabreo llegó la mofa de los ‘compañeros’ y subir la moto a la caja del pick up para continuar ruta de copiloto en el pick up. Creí desesperar del mal humor que tuve todo el día. No podía ni hablar con mis amigos, no me salían las palabras. Al final tuvieron el detalle apuntar que podíamos turnarnos la conducción de las otras dos motos, algo que al menos mitigó mi mal humor y me dio algo de esperanza, pues para mí la gran aventura tocaba a su fin. Eso pensaba yo claro, algo que no fue así . Ya que al pick up se le rompieron las reductoras y solo teníamos las 4 tracciones que tampoco iban del todo bien y al tener que usarlas sin reductoras acabó dejando el embrague en las últimas. Estuvimos a punto de atorar en infinidad de ocasiones pero la pericia y el conocimiento del terreno por parte de Tarmak, no dejando que el coche atollara y retrocediendo rápidamente en los arenales para atacarlos por otro lado de arena más densa y a mayor velocidad, nos iban salvando de tener que acabar andando», señala.
«Después de cuatro días de ruta y no pocas dificultades llegamos a Atar. Allí estaba ya la carrera. Ya habían llegado muchos de los pilotos profesionales, como Marc Coma, Sthepan Peterhansel, Carlos Sainz, David Costeau o Isidre Estévez, para el que además sería su último Dakar, porque en la disputa del II Rally TT Ramblas de Huércal Overa sufrió una lesión medular grave. Desde entonces está en silla de ruedas, aunque sigue activo en el mudo del motor», indica Óscar con gesto resignado.
«Nada más que encontramos alojamiento en Atar, lo primero que hicimos fue ir a ver llegar a los pilotos y precisamente yo vi llegar a Isidre. Me acerqué a él y le felicité por la carrera que estaba haciendo, mientras los mecánicos comenzaban a trabajar en su moto. Estaban empezando a retirar el road book del navegador, por lo que yo le insinué ‘lo tiráis?’ Me dijo ‘sí claro’ y le expresé que me gustaría conservarlo ya que era una etapa del Dakar y me apetecía guardarlo junto a otros objetos deportivos que coleccionaba, a lo que Isidre accedió sin ningún tipo de problema al igual que a que le fotografiase. David Costeau, que quedaría segundo en la general Del Dakar 2007, llegaba en ese momento con su KTM 690. Traía la rueda trasera completamente desarmada. Tuvo la gentileza de pararse a hablar con Roberto y le pudo explicar la causa de semejante llantazo».
«Ya montado el campamento que suele preparar el Dakar para los pilotos donde se sirve la cena, casi entrada la noche, llegó nuestro amigo Ramón Gutiérrez. Venía desencajado del cansancio. La cara lo decía todo, con una capa de polvo que le cubría hasta casi los ojos. Se le notaba que hasta le costaba hablar, aunque hizo un esfuerzo al vernos de sonreír, pues hasta eso parecía que era un inmenso trabajo después de aquella etapa infernal de más de 540 kilómetros de arena en un solo día».
A continuación, Óscar Fernández argumenta: «El día siguiente era una etapa de descanso. No pudimos disfrutar demasiado de la compañía de Ramón, ya que debía descansar. Me levanté al día siguiente con un único pensamiento en la cabeza que era saber el alcance de la avería, así que preguntamos, dónde había un taller en Atar y los lugareños nos enviaron a una zona un tanto ruinosa de la ciudad. Decidimos no bajar la moto del pick up y desmontarla allí arriba, pues al menos la caja estaba limpia y si se nos caía alguna pieza, la encontraríamos mejor. Sólo se había quemado la junta de la culata, por lo que hablamos con Ramón Gutiérrez y este conocía al mecánico del equipo oficial KTM, pues las 609 que utilizaban ellos y mi 640 compartían muchas piezas, así que Álex Sanz, que así se llama el mecánico de Marc Coma, haciéndonos un gran favor, nos consiguió la pieza del circuito de refrigeración y una junta de culata que aunque no era exactamente igual, nos podía servir perfectamente, por lo que nos pusimos inmediatamente a montar todas las piezas y después de unas cuantas horas de trabajo sobre ella, todo estaba en su sitio, así que con toda la emoción del momento rellenamos de líquidos, y mierda, el agua que estábamos rellenando se nos salía por la junta de la junta de la culata. La tapa de la culata estaba doblada debido al calentón y de momento no había nada que hacer», dice Óscar.
«Al día siguiente, regresamos a Atar. Ese mismo día nos dirigimos a Nouackchott, por la Nacional 2 y nos desviamos unos kilómetros por unas pistas de arena para hacer noche», afirma.
«Al día siguiente nos enteramos de que Ramón había roto el motor durante la etapa y tuvo que pasar la noche durmiendo a la intemperie en una zona de dunas, por lo que le tuvieron que sacar con un helicóptero a él y a su moto, teniendo que abandonar una vez más, por lo que a la vista de las circunstancias, Ramón descalificado y yo con la moto averiada, decidimos tomar rumbo a la costa para volver ya desde allí. Seguíamos con la moto cargada en el pick up, y continuaríamos así hasta la frontera con Marruecos. A la mañana siguiente ya estábamos en la frontera. Ramón continuaría intentando consumar el Dakar, ahora ya por tierras americanas, pues a partir de aquel año ya no se ha vuelto a realizar en África. En 2008, por suerte no estaba inscrito, ya que en octubre de 2008 Ramón había corrido el Rally de la Patagonia saliendo desde Bariloche y acababa en Ikike, atravesando el desierto de Atacama, pura casualidad, pero le sirvió para conocer el terreno al que en futuras ocasiones tendría que enfrentarse», incide Óscar Fernández.
«En ese año el 2008 fue el único año de la historia del Dakar, que no se disputó, después de estar todos los pilotos ya en la ciudad de salida, en Lisboa, un grupo terrorista amenazó con atentar contra ella, y por las recomendaciones del gobierno francés tuvo que suspenderse. En el 2009 el Dakar se trasladó a América, debido a la amenaza terrorista en África. En el 2009 Ramón estaba inscrito para competir, pero una lesión en la cadera mientras entrenaba le hizo imposible tomar la salida», recuerda.
«En 2010 se cumple por fin el sueño de Ramón y consigue completar con éxito el rally más duro del mundo, único leonés que hasta el momento lo consigue en la disciplina más dura que son las motos y con la dificultad añadida de hacerlo como piloto privado. Un exitazo amigo Ramón».