Mi odisea desde Ushuaia a Alaska
Sí Álex, nunca seremos ya tan jóvenes y tan guapos
Un carnaval, un salar y un regalo. Un sueño. Es muy extraño ser consciente de que estás cumpliendo el sueño de muchos, sobretodo de tus amigos, esos por los que sientes un afecto inquebrantable. Es como si estuvieras en ese estado de hipnosis, que a pesar de ser consciente de que es auténtico, tienes pequeños lapsus donde la duda te asalta y te cuesta distinguir lo que es realidad de imaginación.

Ver un atardecer en el salar es una de esas imágenes que se quedan grabadas en la retina. FLECHA
DAVID FLECHA | ORURO
Lo reconozco, siempre quise estar en este país; es uno de esos lugares donde apenas se tienen testimonios, donde siempre hay algo de misterio que rodea a sus costumbres, y por esa razón tenía la sensación de que no estaría pisando tierra boliviana con las manos vacías. Recuerdo haberlo hablado con mi amigo Álex. Él es de esas personas con las que siempre aprendes algo nuevo cada día, y su manera analítica de ver las cosas te hace darte cuenta de lo afortunado que eres: —Flecha, tú ahora tienes que vivir; aprovecha esta oportunidad porque el tiempo pasa y acabas encontrándote en una etapa en la que querer volver atrás y hacer justo lo que tú estás haciendo es muy difícil—.
Pues para personas como tú, y como otros, que me ayudaron para estar hoy aquí, hago lo posible por hacer que estés en mi piel, y podáis ver con mis ojos aquello por lo que cada día sigo rumbo al norte.

El carnaval de Oruro es una de las principales fiestas de Bolivia y sus habitantes lo viven de una forma muy intensa. FLECHA
—¡Vamos David, vamos! ¡El último bus para Oruro sale en 20 minutos y casi no quedan plazas!— Eran las primeras palabras que me decía mi amigo Gari, justo con quien estuve cruzando en autostop toda la Patagonia y Chile, después de haber estado tres semanas sin coincidir, y llevaba esperándome hacia tres horas.
Acababa de llegar a la estación de autobuses de la Paz, y aquello era un caos tremendo; gritos que retumbaban, vendedores a grito ‘pelao’ nombrando cada uno de los destinos de sus flotas, gente corriendo con sacos de verduras a la espalda, niños subidos a coches de juguete, ¡una señora con unas gallinas bajo el hombro!… Te lo juro, viendo todo ese caos me paré por un segundo y me empecé a reír: ¡ja,ja,ja… Sí que es surrealista este lugar!, sobretodo porque todo el país estaba en carnavales y aquí, claro está, se celebran a lo grande. Todo el mundo se desplaza de un sitio a otro y una estación de autobuses es lo más parecido a una colonia de hormigas, pero como soy un poco bicho raro para estas cosas…¡me molaba!
Me había dado prisa en Perú para llegar a Bolivia porque me habían comentado que el Carnaval de Oruro era una de las mayores fiestas del país y ¡leches!…¡no me lo podía perder!
En fin… después de 18 horas en bus desde Cuzco y otras cuatro de La Paz a Oruro, llegamos el sábado por la noche a la ciudad, que estaba a reventar, y nada más tocar suelo lo primero que hicimos fue acercarnos al primer puesto de comida callejera: —¿Qué es?—, pregunté; —tripas—, me contestó la señora. Gary y yo nos miramos, nos reímos y dijimos: —Ponga dos platos—, estábamos muertos de hambre. En Bolivia es muy típica la comida callejera, comes desde carne de llama, choclo —una especie de mazorca— con queso, morro de cerdo, empanadas tucumanas… y mi favorita; la salteña —una empanada de carne rellena de jugo que cuando te la comes, eso sí, te pringas entero—, pero te lo juro, resucitan a un muerto porque las palabras mágicas, nada más levantarte, son: «Calentitas, recién sacadas del horno».
No perdimos el tiempo. Nada más llegar dejamos las cosas en la casa donde nos alojamos y nos fuimos al carnaval. Cuando llegamos vimos un montón de gente vestida con disfraces a cada cual más extravagante, con decenas de cascabeles colgando de la ropa —que me recordaron a los carros de León en San Froilán—, caretas de mil colores y cientos de puestos callejeros donde te maquillaban en plan ¿quién es el último?
—¿Qué hacemos, nos sentamos a mirar o…?. —nahhhh…¡Nosotros nos metemos en medio de todos los grupos a bailar y grabar que para eso hemos venido!
Dicho y hecho. Tanto, que una vez allí no entendíamos porque la gente se sentaba…¡si lo divertido era justamente lo que nosotros hacíamos!; entrar entre la charangas, bailar con la gente, esquivar que no te llenaran de espuma…
Nos quedamos bailando y grabando hasta las 3 de la madrugada, que el carnaval seguía, pero nosotros estábamos rotos; y al día siguiente más de lo mismo (fiesta, música, bailes, risas…ah!, y salteñas, muchas salteñas recién hechas); por cierto, en más de una ocasión la policía nos daba el alto para sacarnos del espectáculo —ahí entendimos porqué había tanta gente sentada—, pero sacábamos las cámaras y soltábamos el rollo diciendo que éramos de la prensa española, y aunque en alguna ocasión no coló, no tardamos mucho en hacer ‘la del lagarto’ y volver a meter la cabeza por algún hueco para volver a colarnos.
En ese día y medio que estuvimos en Oruro (porque el mismo domingo a la noche nos fuimos para Uyuni porque teníamos una visita obligada), no dejamos de bailar y disfrutar del carnaval.
La gente de Oruro sabe divertirse muy bien, porque ni siquiera cuando llovía a cántaros, que ocurrió un par de veces durante esa noche, aquello no se paraba, y la fiesta seguía hasta el día siguiente, que se volvía a hacer el mismo recorrido con otros grupos diferentes; también me explicaron que en Bolivia tenían problemas con el agua, y el hecho de que lloviese era recibido como la mejor de las bendiciones porque había municipios en Oruro que se encontraban desde hacía tiempo en sequía; así que les veías, lo entendías mejor y lo disfrutabas aún más si cabe.

Kilómetros de desierto de sal que crean un reflejo perfecto. FLECHA
Llegó el domingo a la noche y nos fuimos para Uyuni. Yo había visto fotos sobre el pueblo, que tenía un salar que era muy conocido, pero no tenía ni idea de lo que estaba a punto de presenciar.
Tras cinco horas por carretera, —el autobús llegó a Uyuni a eso de las 4 de la madrugada—, pudimos quedarnos en el autobús un par de horas más, aunque yo apenas pegué ojo, y a eso de las 6 nos apeamos para buscar cómo ir al salar. No teníamos mucho tiempo que perder.
Conocimos a Raúl, un guía que por muy poco dinero nos ofreció llevarnos al salar en su todo terreno. Nos metimos en el coche y empezamos a conocer los alrededores de Uyuni; decenas de puestos que de camino al salar vendían estatuas de sal y souvenirs, trenes abandonados que en el pasado traían todo el oro y el cobre de las minas de Uyuni y Potosí, pueblos inundados por la falta de alcantarillado…y por fin el salar. A medida que te vas adentrando en aquella llanura de sal empiezas a darte cuenta de la magnitud que tienes delante; kilómetros y kilómetros de desierto de sal que, en esta época, crean un reflejo perfecto gracias a los diez centímetros de agua que había sobre la superficie. Creaban un marco realmente asombroso.
Nada más ver lo que tenía delante mi pregunta a Raúl era más que obligada: —¿Puedo subirme al techo del coche?—. Tuve que rogarle unas cuantas veces para que me dejara, porque había tenido muchos visitantes que se habían caído; pero a mí me daba bastante igual caerme sin con ello conseguía algunas buenas fotos; me subí a la parte de arriba y entonces sí empecé a disfrutar como un niño.
Hubo momentos en que fotografiaba todo, otros en donde dejaba la cámara de lado y me preocupaba de aprovechar el momento observando todo aquello. En total estuvimos en el salar como unas seis horas, que para mi gusto se me hicieron demasiado cortas; sobretodo porque entre Gary y yo no dejábamos de hacer bromas en el salar.
Es sobrecogedor ver aquella estampa, casi congelada, donde mirabas al horizonte y tenías la sensación de que el fin del mundo debía de ser algo así, porque el cielo y la tierra coincidían en el mismo horizonte, y no sé…no hacía falta decir o hacer nada, solo bastaba con mirar y dejarse llevar. Por cierto, hablando de dejarse llevar; si algún día llegáis a ir procurad ir descargados de casa, porque por entrar en un baño tienes que esperar una cola interminable, y te cobran cinco bolivianos (que con eso ya comes), y, o eres un poco descarado, como fuimos Gary y yo, o tener que bajarte la bragueta en mitad de un montón de turistas japoneses puede ser embarazoso, con todas esas cámaras delante y créeme, no hay mucho sitio para esconderse en todo ese desierto de agua y sal.
Ya al atardecer, retornamos rumbo hacia Uyuni dejando el salar a nuestras espaldas, y si lo que había visto antes me había sorprendido, ver esa composición del cielo y el salar de color rojo anaranjado, mientras los rayos de una tormenta a lo lejos caían sobre el salar ya era lo máximo.
—¡Soy un afortunado!—, lo confieso, es increíble haber podido viajar por todos estos países, disfrutando de toda esta gente, su gastronomía, paisajes y costumbres, y poder darlo a conocer a otros que quizás ahora están viendo la vida pasar entre cuatro paredes; te hace sentir un privilegiado y aprendes que toda aventura comienza con la palabra sí.
Por eso, digo sí a mis sueños, por muy Peter Pan que llegue a ser; por eso digo sí a mis proyectos, porque me hacen sentir vivo y hacen sentir vivo a otros; digo sí a la causa por la que hago este viaje; porque tenemos el compromiso de vivir por nosotros y por los que no están; sí, estamos en deuda con ellos; y por eso también digo sí al amor, y sobre todo a mis amigos; porque a veces, personas como Álex, que son mi cable a tierra y mi mejor razón para entender que estas cosas tienen sentido, porque alguien como él está a otro lado de la página, porque te emocionas, porque te visualizas en mi camino, porque por muy lejos que estés me haces sentir que nunca, nunca, nunca estoy solo, y eso es suficiente para que, por muy mal que a veces lo llegue a pasar, al final siempre tendré los brazos abiertos para quien nunca dejo de tener en mente.
Este es mi mejor regalo, decir a todos que hoy te dedico esta crónica, porque te lo mereces, pero sobretodo porque siempre estás ahí. Ya lo sabes, nunca seremos tan jóvenes y guapos. Te quiero amigo.

El salar de Uyuni impone por sus dimensiones. FLECHA

En el gran salar, de imponentes dimensiones. FLECHA
