En recuerdo de Roherre

Sé, querido Ángel, que hubieras deseado que no escribiera estas líneas, no sólo porque estarías con vida, sino también porque la discreción te impedía dejarte notar. Pero es de justicia recordarte por tu buen hacer, por lo que significaste para este Diario de León que hoy publica tu esquela, y porque no sería agradecida si no dejara constancia de tí, ya que tu trayectoria y la mía estuvieron ligadas muchos años. Cuando llegué a la sede de la calle Pablo Flórez al principio de los años 70 tú ya estabas allí. Eras un veterano, el más veterano de aquella redacción, pues no en vano llevabas varias décadas trabajando en el Diario, en aquel periódico vespertino de escasa tirada y muchas ilusiones, en el que entraste como tipógrafo, llegaste a ser jefe de taller y por tu enorme afición al fútbol y al equipo de tus amores, la Cultural, formaste parte de aquella generación de periodistas españoles que no salían de escuela o facultad alguna, sino de los talleres de impresión, donde se amaba el periodismo y la cultura con intensidad. Gran trabajador como eras, no te bastaba con escribir de deportes (la lucha leonesa también te debe mucho), sino que te implicaste en grandes empresas, animando con tu pluma a una Cultural gloriosa que alcanza entonces la Primera División, e impulsando la construcción del estadio de La Puentecilla. Luego vienen horas bajas, aunque volvió la ilusión cuando la Cultu, tu Cultu, asciende a Segunda. Y ahí empieza mi historia, porque llego al periódico y al marchar tú de vacaciones me encomiendan los deportes, y aunque, como Quevedo, «en mi vida me he visto en tal aprieto» puse voluntad y me felicitaste a tu regreso. Tal vez por eso tuvimos un trato más fluido, dentro de tu parquedad de palabras y gestos con los compañeros. Pero aquello no duró mucho, porque en febrero de 1978 te jubilaste, y otra vez la vida nos unió, pues tu puesto de redactor deportivo lo cubriría quien más tarde fue mi marido. No te dejabas ver por el periódico, pero seguías siendo un gran paseante y a veces nos encontrábamos por las calles, o a la puerta del colegio de tu nieto. Recuerdo nuestro encuentro en la Navidad del 86, cuando te dí el pésame por el fallecimiento de tu esposa y me dijiste: «Ya sé que no viniste al entierro, porque había nacido tu hija el mismo día», otro lazo más, otra fecha en común. Después fuiste languideciendo, porque estabas muy unido a tu mujer y pocas cosas te ilusionaban. Tal vez por eso lo primero que pensé cuando me dieron la noticia de tu muerte fue que no habías podido superar la última decepción, al haberse truncado el pasado sábado el ascenso de la Cultural, tú que materialmente escribiste hace años un libro con su historia. Descansa en paz Ángel, amigo; Herrero, compañero; Roherre, periodista.