OPINIÓN Ordoño Llamas Gil
¡Aquí hay tomate!

Llovía con ansias de inundar por ser domingo y día señalado como fiesta en Mansilla de las Mulas, donde debían exponerse, para deleite de los visitantes, todos los tomates recolectados en esta vega del Esla, tan prolífica, y que habían adquirido con el paso de los años y el cariño de la buena crianza el calificativo de excepcionales. Su carne, de un rojo intenso, ha sido siempre un impacto para la vista y su sabor una delicia para los paladares más exigentes. Al pasar por encima del río Esla en el puente antiguo (ahora semaforizado), eché una ojeada aguas abajo y me trajo a la memoria los tiempos en que Villacelama, Villanueva de las Manzanas (el pueblo de las tres mentiras) y Villarroañe se disputaban la fama de ser los tramos mejor poblados por bogas, barbos, tencas, carpas y truchas grandes, así como de lucios y blasses en los últimos años de prosperidad. Me dió pena pensar que ahora, sólamente en el tramo anexionado al coto intensivo del río Marne hay algunas truchas cuando las repueblan para la explotación financiera. El resto se halla casi deshabitado. Buscamos un aparcamiento para el coche y, paraguas en mano, nos dirigimos hacia la plaza del Grano que, gracias a sus antiguos soportales, podía cobijar a la multitud de personas que habían acudido para el acontecimiento y que, como nosotros, buscaban un refugio del agua. Por doquier se veían puestos o tenderetes con sus techos mojados y goteando o chorreando agua sobre los tomates que exhibían con orgullo, con su improvisado y brillante lavado. También se ofrecían otros productos, como pimientos, ajos, calabacines, etcétera, pero lo más llamativo eran los tomates. Pero como en toda aglomeración comercial, si observabas con detenimiento la mercancía allí expuesta y tenías un ligero conocimiento de la forma del tomate mansillés, te dabas cuenta de que también la picaresca hacía acto de presencia en este mercado. Por ejemplo: en un puesto había tres cajas de grandes y hermosos tomates que me llamaron la atención y le pregunté al vendedor que de dónde eran aquelllos frutos tan hermosos. Me contestó muy ufano que eran de tres huertas que tenía: una en Villacelama, otra en Villanueva de las Manzanas y la tercera en Villarroañe... ¡Ya me parecía a mí que no sólamente había tomate en Mansilla de las Mulas! Incitado por el hallazgo, me dediqué a preguntar a varios vendedores el origen de sus tomates, y uno me dijo que eran de Gradefes y de Quintana (estos nombres me trajeron a la memoria días inolvidables en ambos cotos de pesca, unos por excelentes, cuando todavía andaba Dios por el mundo, y otros por desastrosos, como suele ocurrir en la actualidad, a no ser que acudas después de algún concurso importante). Esto me sirvió para enterarme de que también hay tomate en estos pueblos del Esla. No contento con lo descubierto, avancé hacia el último rincón del mercadillo donde también se vendían, y ¿cuál no sería mi sorpresa al enterarme de que habían acudido desde un lugar tan lejano como Pesquera, aparentando ser de Mansilla de las Mulas? Pesquera donde, como su propio nombre indica, las pescatas o pesqueras fueron siempre abundantes y donde la diversión estaba siempre asegurada. No así en los tiempos actuales, en que parece que las truchas hayan emigrado para otros lugares (pero no se han encontrado las pateras en las orillas). También aquí no estaban exentos de tomate, ¡qué sorpresa! Después de adquirir algunos kilos del preciado manjar, y como no dejaba de llover y estaba todo encharcado, nos decidimos a marchar y al salir de la plaza me encontré con un amigo de Villomar, el cual, después de darme un abrazo, me indicó que se había decidido a venir a Mansillla para vender algunas cajas de tomates que había recolectado. ¡Lo que me faltaba! Recordarme a Villomar donde, en el pozo de la curva que arrima el agua contra la ribera derecha (cerca de lo que fue en tiempos la chopera de Mansilla, que se llenaba de excursionistas todos los días de fiesta y que alquilaban barcas), había pescado yo una trucha de dos kilos y medio de peso, además de algunas otras. ¡Aquello sí que eran truchas fario! Pues ya ven, era lo que me faltaba, que me recordasen en ese momento que en Villomar también había tomate. ¿Cómo es posible que hubiera tanto tomate y en tantos lugares próximos (y no tanto) a Mansilla de las Mulas, todos ellos ribereños del río padre y madre que fue, en sus tiempos gloriosos (por no decir normales) el Esla, adonde convergían todas los afluentes importantes y cientos de riachuelos y arroyos, todos tributarios de él, criaderos excepcionales de truchas fario, sin contaminar, y que daban a esta cuenca la fama que le corrrespondía? Pero... ¿por qué mezclo la feria del tomate con la pesca? ¿No estaré desvariando sin querer? Con los tomates de Mansilla de las Mulas en el maletero del coche, y al pasar de nuevo por el puente semaforizado, de regreso a casa, vuelvo a echar dos miradas, una hacia arriba y otra hacia abajo, y comienzo de nuevo a recordar... el anuncio de una marca de tomate envasado, de origen mejicano, cuyo final decía: ¡Aquí hay tomate! Nota. Cualquier parecido con la realidad puede ser pura coincidencia.