El Real Madrid gana al Alavés sin seducir
El Santiago Bernabéu, que otras veces ha sido tribunal severo, esta vez pareció más bien un jurado cansado

El Real Madrid celebra el gol de Mbappé que abría el marcador.
Vinicius y Mbappé lideraron frente al Alavés (2-1) una redención sin brillo en el inicio de la travesía por el desierto del Real Madrid, sin títulos por los que pelear salvó hecatombe del Barcelona en la Liga y necesitado del perdón de una afición que se marchó aún dubitativa y silbando a su equipo por el buen final del equipo de Quique Sánchez Flores.
El Real Madrid compareció ante su gente con la sensación de esperar un plebiscito. El Santiago Bernabéu, que otras veces ha sido tribunal severo, esta vez pareció más bien un jurado cansado. El conjunto blanco venía de su mes más desconcertante: tres derrotas y un empate que le dejaron fuera de la Liga de Campeones y de la Liga que solo puede salvar un milagro. La última caída, la del Allianz Arena ante el Bayern de Múnich, al menos tuvo el consuelo del orgullo. Y eso, en el Bernabéu, cuenta.
Hubo silbidos, sí, pero de esos que suenan más a rutina que a rebelión. Alcanzaron a los jugadores cuando saltaron al terreno de juego y a Vinícius cuando su nombre salió por megafonía y en sus primeros contactos con la pelota. Poco más. También a Camavinga, cuando apareció en el último tramo. El estadio, acostumbrado a la gloria, parecía haber firmado una tregua con la decepción. Una resignación extraña para un curso que amenaza con terminar en blanco, algo poco frecuente.
Arbeloa movió piezas con gesto serio: entraron Carreras, Tchouaméni y Huijsen; salieron Mendy, Brahim y Rüdiger, que acabaría entrando tras el susto de Militão. Un calambre, un mal recuerdo de lesiones recientes y el cambio al filo del descanso. Luego se supo que no fue nada. A veces el miedo juega más que la lesión.
El Alavés, con el descenso al acecho, hizo lo que tocaba: orden, repliegue y paciencia. Quique lo había dejado dicho antes del inicio: «Tenemos que intentar que continúe el caos si es que existe desde el principio». Pero no hubo tal caos. Hubo más bien una calma espesa, de partido que no arranca, en la que el Madrid se movió sin chispa, como si aún llevara el peso de sus últimos tropiezos.
El Alavés murió en la orilla y se quedó a expensas de lo que haga el Elche ante el Atlético de Madrid: si gana, terminará la jornada en puestos de descenso. Fue, al fin y al cabo, quien pagó la factura de la crisis blanca, que buscó un perdón que logró a medias. Se fue del campo como empezó: con tímidos silbidos.