Luis Enrique protege una corona que Arteta desea, la de campeón de la Champions
El duelo está servido en el Puskás Aréna de Budapest (18.00, Movistar+), escenario inédito para una final de la Liga de Campeones

Previa al partido en Budapest.
Por segunda temporada no habrá equipos de la Liga en la final de la Champions (18.00, Movistar+), pero la presencia española en el partido está garantizada sobre el césped, con jugadores que pronto estarán con La Roja en el Mundial; y en los banquillos, donde Luis Enrique y Arteta son las cabezas pensantes de dos conjuntos de autor.
Nada ensombrece el brillo de la escuela española de entrenadores. Ya dieron buen fe de ello Unai Emery, campeón de la Europa League con el Aston Villa, e Iñigo Pérez, que se quedó a las puertas del título de la Conference con un heroico Rayo Vallecano. Ahora llega el primer escalón, el duelo más grande en la mayor competición de clubes del Viejo Continente, y el desafío de las pizarras está servido en la imponente Budapest.
Por un lado el más difícil todavía para el PSG de Luis Enrique, que aspira a emular al Real Madrid de Zidane como único equipo capaz de repetir título en la era Champions. Su objetivo, defender la corona después de alcanzar hace un año en Múnich ese trofeo que al faraónico proyecto catarí en la capital francesa se le venía negando una y otra vez, a pesar de la acumulación de estrellas y una inversión prácticamente sin límites.
Llegó el asturiano, ávido de un proyecto ilusionante después de aquel abrupto final como seleccionador español tras el Mundial de Catar, hicieron las maletas Messi y Neymar, primero, y luego Mbappé, y lo que venía siendo una acumulación de nombres se convirtió en un conjunto con sello propio, en el que como tantas veces se ha encargado de recordar el propio Lucho, las individualidades, que son muchas y de gran nivel, están al servicio del colectivo.
Algo parecido ocurre en el Arsenal de Arteta, donde el técnico donostiarra, forjado como asistente de Guardiola en el Manchester City, ha sido capaz de dotar a aquel equipo gunner vistoso pero carente de colmillo de un espíritu competitivo indudable. Hoy, el cuadro del norte de Londres puede que no sea tan fiel al fútbol de toque como en otros tiempos, pero es un auténtico acorazado, capaz de rentabilizar cualquier mínima renta merced a una defensa de muchos quilates, no solo por la presencia de zagueros como Saliba o Gabriel Magalhaes, sino también por un loable espíritu de equipo.
En esa mentalidad coral, donde los individuos están siempre supeditados al grupo bajo las directrices de un estratega reconocible en su filosofía, coinciden el PSG de Luis Enrique y el Arsenal de Arteta. Sin embargo, el campeón de la Ligue 1 destaca más en una parcela ofensiva que intimida con el poderío en transición de Kvaratskhelia, Doué y el Balón de Oro Dembélé, sin duda un paso por delante de cualquier tridente ofensivo inglés, al que apuntan Saka, de menos a más y decisivo en la semifinal ante el Atlético, Gyokeres y Trossard.
La medular, también de color galo aunque más equilibrada, es cosa de las brújulas de Vitinha y Zubimendi, aunque la presencia en el once gunner del internacional español, algo apagado en este tramo final de campaña, no está garantizada, como demostró en la resolución de la semifinal contra el Atlético la apuesta de Arteta por el polivalente Lewis-Skelly como acompañante de Rice.
Con estas cartas sobre la mesa, el rompecabezas para Arteta pasa por contrarrestar ese fútbol líquido del PSG, un equipo en el que la movilidad sin balón es constante y que acostumbra a un intercambio continuo de posiciones. Frente a esta virtud parisina, aderezada por la verticalidad de Achraf Hakimi y Nuno Mendes en los carriles, el Arsenal expone su incuestionable poderío en el juego aéreo y también una confianza superior en la portería, donde Raya saca algún cuerpo de ventaja a Safonov, menos consolidado como guardameta de primer nivel.
A buen seguro, como ya hizo frente al Atlético, el equipo del norte de Londres apostará por el repliegue, minimizando su exposición ante el peligro del PSG con espacios. Buena parte de sus opciones pasan por una final más táctica que brillante, algo mucho más parecido a su semifinal que a la exhibición de fuegos artificiales que supuso la que enfrentó al campeón galo y al Bayern de Kompany, que aceptó sin complejos un cuerpo a cuerpo del que rara vez sale mal parado el cuadro de Luis Enrique. El duelo está servido en el Puskás Aréna de Budapest, escenario inédito para una final de Champions.