LA PICADA OPINIÓN
Generaciones de pesca Presupuestos miserables, ríos de lujo
LAS GENERACIONES de pescadores se suceden igual que las cosechas. Todos los años, mejor dicho todas las temporadas, una nueva promoción de alevines de la caña se incorpora al tráfago de las corrientes y los remansos, de los pantanos, lagunas, mangas y arroyos, con sangre recién estrenada, potente, vital, arrolladora, para disfrutar sin límite de la parte de tarta que les corresponda dentro del conjunto pastelero de la pesca fluvial, mas concretamente de salmónidos, donde se prometen a si mismos interesantes momentos de emoción, que pasarán a formar parte de la parcela de felicidad a que les da derecho el haber nacido pescadores. Probablemente muchos de ellos, después de varias jornadas de pesca, se retirarán un tanto decepcionados, mientras el resto proseguirá su andadura debido a su ilusión, interés, tesón e intuición excepcionales. A éstos, las constantes decepciones no hacen mella en su moral. Dentro del grupo de generaciones más antiguas las bajas se van sucediendo paulatinamente, tanto más cuanto más antiguos sean sus orígenes, puesto que se ven apartados por su procedimiento de pesca con cebo natural, y si no se acoplan a la legión de la mosca ahogada o de la cucharilla, o padecen alguna limitación física, o están convencidos del limitado porvenir de este deporte, por la escasez de ejemplares y por las manipulaciones a las que están sometidos, dimitirán de su afición más pronto que tarde, aunque sea muy a su pesar. El balance entre altas y bajas parece ser favorable a las primeras, con lo que se hace realidad el concepto de que «cuanto más escasean las cosas, mas interés se tiene por conseguirlas y más valor económico adquieren». De aquí se deduce la explotación que se ha llevado a cabo de todos los recursos piscícolas, acotando, vedando, controlando, limitando, restringiendo, prohibiendo, multando, disponiendo nuevas normas (siempre superadas), aumentando el número de solicitudes y de ingresos y, sin embargo, disminuyendo el número de ejemplares a distribuir entre tantos interesados, hasta el extremo de poder escoger sólamente tres permisos para cotos en toda la temporada (salvo los sin muerte), que suele ser de cuatro o cinco meses, según los ríos. De los tramos libres es mejor no decir nada, puesto que no hay nada que decir, como no sea olvidarlos. Hay que hacer todo un ejercicio excepcional de inteligencia para aprender a pescar truchas si sólo lo practicas tres veces al año y, para remate, puede darse el caso de que no pesques casi ninguna. Las generaciones más adictas son siempre las de edades intermedias, que ya han pasado el rubicón del recluta, como en la mili, y se han ido internando a trompicones dentro del pozo venenoso de la ilusión de pescar mas y de mayor tamaño, confiando en sus dotes de observación y agudeza de ingenio. Esto, unido a su vitalidad y medios, hará que no cejen en su empeño, a pesar de las decepciones. Utilizarán todos los instrumentos más sofisticados que estén a su alcance para tratar de conseguirlo, incluyendo para su práctica todos los cotos sin muerte que puedan conseguir, además de visitar con frecuencia los acotados intensivos, siendo estos los únicos sistemas actuales de practicar y adquirir experiencia, si bien habrán de conformarse con extraer truchas no emparentadas con las fario, algo tontas, pero recién repobladas. Dentro de estas generaciones es donde se encuentran también los más expertos, los maestros de todas las batallas, los que conocen muy bien todos los tipos de cebos y que practican la pesca de todas las especies, sean salmónidos, ciprínidos, pércidos o lúcidos, y que todavía disfrutaron de los tiempos en que León rugía lleno de vitalidad en sus aguas, y que no suelen pescar más que los cotos con muerte, algunos tramos libres y las zonas bajas donde la trucha ya no es la reina del río, decepcionados de tanta masificación inútil y buscando otras especies. Aquí se hallan también la mayoría de los especialistas, que no pescan más que truchas y con un solo cebo: las moscas, bien sean ahogadas o secas, preferentemente estas últimas. Es el grupo en el que se encuentran actualmente todos los ganadores de campeonatos o concursos, puesto que en estos no se admiten otros cebos, y que se celebran generalmente en lugares o cotos recién repoblados; al que le toca un buen tramo, se infla. Por último, dentro de este grupo se halla una auténtica legión de aficionados que solicitan la licencia y los cotos por inercia, puesto que es lo que han venido haciendo durante años, y que aunque sean muy veteranos en cuanto al tiempo, apenas salen un par de veces, y en lo que refiere a experiencia no la han adquirido ni la adquirirán nunca. También les hay como el herrero de Mazariegos que, como todo el mundo sabe, de tanto machacar se le olvidó el oficio. A este estado generacional de pescadores hay que mantenerlo interesado por todos los medios posibles, ya que si se derrumba el castillo de naipes tendrían que desaparecer todos los organismos y funcionarios que hasta ahora se han encargado, también durante generaciones, de administrar y conservar la gradual desaparición de las especies. Esto, que parece un contrasentido, es matemáticamente cierto, y las nuevas generaciones del medio ambiente acuático, se encuentran impotentes para disimular el desastre, haciendo lo imposible para que la poca producción de una piscifactoría como la de Vegas del Condado, donde la mortandad acecha con saña, sea distribuída por diferentes puntos fluviales, con la escasez que determina su producción, al mismo tiempo que emplean el sistema de pesca eléctrica para contarlas en los escasos rincones donde quedan algunas fario, que suelen desaparecer sin dejar rastro. En ocasiones se veían repoblaciones puntuales de truchas amarillentas o blanquecinas, probablemente traídas de otras provincias, que nunca pervivían ni llegaban a la siguiente temporada. Parece claro que ha llegado ya el momento de conseguir un milagro: un tiempo generacional en que todos los nuevos alevines, de pescadores y de administradores de la pesca, estén mentalizados en pro de los valores de este deporte, no discriminando a nadie por razón del tipo de cebos utilizados que no sean de destrucción masiva; unidos para luchar contra todos los intereses creados en torno al mismo, defender a capa y espada la purificación del medio ambiente fluvial, incluídas las piscifactorías repobladoras, presionando sobre los organismos responsables, reduciendo la burocratización de los trámites administrativos, informando correcta y puntualmente, y también sin triunfalismo, de todos los acontecimientos, ya sean buenos o malos, restringiendo al mínimo la pesca eléctrica, por los daños colaterales que produce, y etcétera, etcétera, es decir: un milagro. EL PLAN FORESTAL de Castilla y León, aprobado en abril del año 2002, recoge las líneas maestras en materia de actuación medioambiental durante los próximos 27 años. El programa de pesca se plasma en un texto serio, que si bien podría ir más allá, recoge principios fundamentales como los ecológicos, la gestión sostenible, la equidad social, la gestión integrada... junto a un reconocimiento explícito de una insuficiencia técnica, de una falta de vigilancia y preparación de la guardería, así como la demanda a la propia Administración de más recursos y medios. Hasta aquí todo iba medianamente bien pero llega el momento de ver los presupuestos destinados: El Plan de Gestión Piscícola tiene un presupuesto anual de 3,682 millones de euros (612 millones de pesetas), cifra claramente insuficiente para repartir entre las provincias de Castilla y León, pero que dista un abismo si lo comparamos con la triste realidad: los presupuestos en los últimos años para todas las provincias de Castilla y León son de 150-160 millones de las añoradas pesetas, aunque debemos matizar que esta partida se incrementó en los años 2001 y 2002 con fondos extraordinarios concedidos por la Unión Europea, hasta llegar a unos 380 millones... ¡menos mal! En este año parecen existir fuertes recortes presupuestarios. Otro dato aún más sangrante: el gasto destinado a la pesca supone un 2% sobre el presupuesto total del Plan Forestal, mientras que, por ejemplo, la caza importa un 18 %. Si tenemos en cuenta que son 176.000 las licencias de pesca que hay en Castila y León, frente a 132.000 correspondientes a la caza, parece que nos encontramos ante una tomadura de pelo. Da la impresión que esto responde a una autofinanciación por parte de los aficionados, y que esta discriminación se podría deber única y exclusivamente a la diferencia de precio existente, entre los 7,50 euros y los veintidós de una y otra licencia. Cierto es que el precio de la licencia de pesca es realmente irrisorio, pero hace dos años se incrementaron razonablemente los precios de los permisos de cotos y no hemos observado resultados por ningún lado. Nuestros ríos, y pese a todo, poseen una riqueza natural de un valor incalculable. Irónicamente esto se reconoce en el Plan de Gestión Piscícola y se habla incluso de las posibilidades turísticas ligadas a la práctica de la pesca y la generación de recursos económicos para muchas zonas... ¿Es así como quieren promoverlo? AEMS León-Ríos con vida ha apoyado y colaborado con la Consejería de Medio Ambiente de la Junta en aquellas medidas que entendíamos eran positivas para la conservación y protección de los ecosistemas acuáticos, línea claramente identificada en el Plan de Gestión Piscícola, y ese apoyo, continúa hoy vigente. Pero es el momento de exigir acciones y no quedarnos en voluntades. Entendemos que podemos y debemos contribuir, en parte, a la financiación de nuestra afición. El precio de la licencia de pesca de 7,50 euros es ridículo, y no puede ser la excusa para que la Administración olvide nuestros ríos. Por ello, AEMS León (y creemos que cualquier aficionado consciente del coste de la gestión en materia de pesca) no vería con malos ojos un precio de la licencia acorde con la realidad en que nos movemos, siempre y cuando la Junta de Castilla y León realice una aportación presupuestaria suficiente, acorde con la importancia ecológica y la potencialidad turística de los ríos de León. Todos debemos exigir a la Administración algo tan sencillo como el cumplimiento de sus propios planes de acción. No podemos seguir tolerando que los ríos sean los parientes pobres de nuestro medio ambiente y que sigan siendo ignorados durante los 25 años que restan del Plan Forestal. Llega el momento de conseguir un milagro: que todos apreciemos los valores de la pesca De los tramos libres es mejor no decir nada, puesto que no hay nada que decir que no sea olvidarlos La nueva generación del medio ambiente acuático se ve impotente para disimula r el desastre