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MARTÍN
León

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COMO SENTENCIABA Bogart en la inolvidable película Casablanca (siempre nos quedará París), a Ademar siempre le queda la afición. Al menos de momento, porque uno que lleva toda la vida viviendo eventos deportivos en León, ha contemplado muchas deserciones que talmente parecían imposibles. Firmes, con una fe capaz de mover montañas, y se derrumbaron cual si tuvieran cimientos de arena. En realidad el partido frente al Ciudad Real -el ya no tan nuevo rico del balonmano- fue la crónica de un resultado anunciado. Todo se había puesto en contra de Ademar. El calendario impresentablemente gestado, precisamente a causa -una de las causas productoras del efecto- de las competiciones europeas, había dejado éste incomprensible panorama: tres partidos en siete días con miles de kilómetros de desplazamientos. De León a Almería, de Almería a Moscú, de Moscú a León, con apenas setenta y dos horas para atenuar cansancio, golpes, lesiones. Si casi todos los jugadores mostraban un momento de forma notablemente más bajo que el de la temporada anterior (con la excepción de Raúl Entrerríos) y muchos, casi todos los puntuales, arrastraban largas secuelas físicas, no podía esperarse muchos alardes frente a un equipo compacto, muy físico y muy técnico, con un banquillo bien abastecido de recambios que le permitían tener una continuidad en su juego muy de contacto -no hubo jugador ademarista que en sus intentos de lanzar a gol no se llevara un «sartenazo», como para arreglar la deficiente condición física- muy poco pudo hacer el cuadro leonés. Tan solo mostrar retazos, con muy pronunciados paréntesis, de la garra, entrega, lucha y amor propio que son los pilares del juego del equipo. En los primeros compases del encuentro, a ráfagas, y en unos minutos de la segunda parte que hicieron pensar a los soñadores en la culminación de lo prácticamente imposible. Un deficiente partido de Ademar que no acaba de encontrar sus señas de identidad, señas que talmente parecen perdidas en la maraña de despropósitos, deficiencias en le forma y hasta mal «fario» de los jugadores. Como ejemplo, el lanzamiento de penaltis. Una asignatura pendiente desde hace mucho tiempo, incluso Roberto García que en tal facete parecía infalible cuando militaba en el Valladolid, aquí se ha sumado a la corte de «fallones». Ni el día, ni la hora, ni la baja temperatura (de 4 a 2 grados) determinada por la llegada de una ola de fría intenso, amén de las circunstancias (más de media docena de constantes seguidores me manifestaron por ella su inasistencia, pese a ser abonados), amén de la circunstancia - repito- de una nociva coincidencia con la televisión de dos partidos de fútbol de Copa de Europa, uno de ellos con el Real Madrid como protagonista, fueron obstáculos para la presencia de cinco mil espectadores en el Palacio de Deportes, rozando en lleno. Falló todo, menos la afición, a pesar de las bajas que sirven para tenerlas como base de la excepción confirmadora de la regla. La afición. Sólo la afición. Ahora Ademar tendrá unos días para reflexionar sobre el cómo y el por qué de lo que viene aconteciendo. El calendario; uno más de sus absurdos parones, en esta ocasión motivado por la disputa de la Supercopa, en la que participan los campeones de Europa, Montpellier; de Copa, Ciudad Real; y de la IAH Barcelona, amén del Valladolid por el curioso y escasamente deportivo mérito de ser organizador del evento, posiblemente pensando que puede tener opciones de llevarlo a sus vitrinas cual ocurrió en ocasión pretérita. Tiempo de reflexión, de terapéutica de grupo, de análisis cuidadoso de las causas que están produciendo negativos efectos. Entre tanto, la Cultural buscará los tres puntos en juego frente al Toledo, desplazamiento teóricamente fácil para repetir la segunda parte jugada ante el Talavera, donde mostró sus posibilidades, las mismas que la afición espera. Y el Baloncesto León, ante un desconocido Aracena catalán, debe sumar una nueva victoria, demostrando que en Menorca emprendió la marcha por el buen camino.

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