ANÁLISIS BLANCO
Adiós al técnico impasible
HACE POCO MÁS de un año, una llamada telefónica de Jorge Valdano cambió la carrera profesional del técnico portugués Carlos Queiroz. El Madrid buscaba un sustituto para Vicente del Bosque y Valdano había pensado en Queiroz (Mozambique, 1 de marzo de 1953), con el que mantenía una buena relación. La llamada se produjo el 23 de junio cuando el entrenador luso estaba en Lisboa. Queiroz, el «padre» de la «generación de oro» del fútbol portugués (Figo, Rui Costa, Joao Pinto, Peixe...), aceptó la propuesta de Valdano y 48 horas después era presentado como nuevo entrenador del campeón de Liga. Se buscaba un técnico con métodos modernos, que tuviera más en cuenta la estrategia, la táctica, la preparación física y el cuidado de la cantera, y no se vio otro con un perfil más adecuado que el de Queiroz, que había sido campeón del mundo sub'20 con Portugal en 1989 y 1991. Pero sobre todo se valoraba que era ayudante de Alex Ferguson, el entrenador del Manchester United, un club con un modelo que el Real Madrid siempre ha intentado imitar. Para ampliar el toque «manchester», Pérez fichó después a Beckham, un verdadero icono futbolístico entre la juventud de todo el mundo. El también presidente de ACS, siempre vislumbró el futuro del «moderno» Madrid, ligado a dos principios: el buen fútbol y el «marketing» deportivo, cuyo alimento para él son los fichajes «mediáticos» que propagan el nombre del club por todos los puntos geográficos. En la presentación, puso a Queiroz el reto de «ofrecer el mejor fútbol del mundo», como corresponde «al mejor club del mundo y que cuenta con los mejores jugadores». El técnico no le defraudó: «el fútbol tiene que ser un arte». El espectáculo parecía asegurado. El concepto «mundial» funcionó y a primeros de marzo, el Real Madrid llevaba 8 puntos de ventaja en el campeonato español al Valencia, iba a jugar la final de la Copa del Rey y estaba en los cuartos de la Liga de Campeones europea. Nadie discutía los métodos del técnico de la voz suave y cadenciosa. En los últimos dos meses, pese al desplome físico y mental de las figuras, Queiroz siguió desconfiando de los suplentes, tal vez temeroso de que las críticas aumentaran si sentaba a una estrellas y se perdía el partido. Pérez dijo que a Queiroz le faltó «autoridad» y «carácter» con la plantilla. Camacho ya sabe lo que se espera de él. Y las estrellas también. El pulso promete chispas.