Diario de León
Publicado por
MIGUEL PARDEZA
León

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CONTRA LA TOZUDEZ de la historia, pero a favor de la marcha hacia el futuro, se enfrentaban España y Rusia. Dos ilustres repescados que vivieron experiencias clasificatorias similares. Por parte española contaban la ilusión renovada, la de todas las ediciones, y la presunción de una de las mejores plantillas, al parecer, de nuestra indigente historia internacional. Rusia se presentaba con la imagen predecible: aseado bloque de combinación, corto en valores solidarios, fuerte en lo individual y dejada de la mano de Dios en tareas defensivas. Sáez optó por un equipo lógico que, sin embargo, admitía todo tipo de lógicas objeciones, sobre todo si nos fijábamos en el banquillo, que nada tenía que envidiar a los once titulares. Se venía hablando de la importancia de preservar la propia identidad: precisión, iniciativa y ritmo alto. Buena mezcla para batir a una selección aquejada de trivialidad, desvalida en la zona de centrales, aunque con un delantero imprevisible como Bulykin y un claro dominio del primer toque. La falta de debate preliminar sumaba un elemento psicológico favorable a una España acostumbrada a desgastarse en horas insulsas que nada tienen que ver con la mera competición. Y de los españoles fueron los primeros minutos con un Vicente voluptuoso, un Etxeberria bien abierto en la derecha y un doble pivote dinámico y corrector. Rusia se dedicaba a esperar la baza del cansancio hispano, porque cualquier partido es resistencia física y conservación de la fe indispensable. La socorrida película se quebraba por las prisas españolas y el temple ruso, cuya contundencia en la presión se adornaba con largas y pulcras posesiones. Y el secreto estaba en el banco. Xabi Alonso superaba la crisis de ansiedad de Baraja y Valerón veía puerta tras una jugada inspirada de Puyol. Lo que quedaba era guardar lo ganado.

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