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DANIEL ROLDÁN
León

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UN PARTIDO entre Madrid y Barcelona necesita una gran dosis de confianza. Fe en uno mismo, en el juego que se transmite a los demás y la energía que se demuestre en cada balón. Como lo hizo Puyol, que estuvo impecable durante todo el encuentro; o Eto'o cuando marcó; o Ronaldo al romper su maleficio goleador; o Roberto Carlos y Salgado por sus bandas. O tantos otros. Porque hay que tener más empaque en las acciones, más fuerza. Pero Ronaldinho, no. Le faltó la confianza necesaria para afrontar un duelo en la cumbre. Al jugador de la eterna sonrisa se le veía fuera de sitio. No sólo porque la banda izquierda no es su hábitat habitual de juego, sino porque estaba vacío. La gastroenteritis que le ha dejado postrado en la cama durante toda la semana no sólo debió debilitar su cuerpo sino que también minó su confianza. No entraba al balón con la energía que debiera en un partido tan importante para los suyos. Se dedicaba a parar el balón, a poner el freno de mano al ataque, de forma habitual veloz. No estaba en este partido, aunque dejó una maravilla de lanzamiento de falta, de esos que hay que enseñar en las escuelas de fútbol. Por eso mismo, Rijkaard no lo cambió. Por ese lanzamiento y por un par de pases magistrales marca de la casa. Algo parecido le pasaba al canterazo Iniesta. La última perla de La Masía tampoco estaba, como si el estadio Santiago Bernabéu le viniera grande en su debú en el coliseo blanco. Todo lo contrario que Puyol. El capitán ya advirtió la jornada anterior que cuando entra en un campo se olvida de dolores, lesiones y demás circunstancias que estén fuera de ese rectángulo de juego. Cuestión de puro y duro carácter.

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