Aguas empobrecidas

Ante la situación en que se encuentran nuestros ríos, ¿cómo llamaríamos a un agua que es así tratada? Empobrecida todavía no sería el término adecuado, por benevolente

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Ordoño Llamas Gil - león
León

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Llevamos tantos años derrochando nuestra riqueza fluvial, que nos está ocurriendo como a los hijos de padres acumuladores de grandes fortunas y que dedicados al inconmensurable placer de vivir inmersos en un generosísimo y alocado despilfarro: no se dan cuenta de la bancarrota de sus fortunas hasta que sus administradores les abandonan a su suerte, después de haberles ordeñado sus cuentas durante los muchos años de vacas gordas, dejando a estas con las ubres secas. También nosotros hemos estado gastando alocadamente de nuestro remanente de especies fluviales, como si tuviéramos la certeza de que siempre se mantendría pletórico y nadie ni nada serían capaces de empobrecerlo. El transcurrir de los años ha terminado por convencernos de que estábamos errados, y que nuestra actitud de hijos de rico no ha sido la más adecuada para conservar nuestra fortuna. Estábamos confiados en que la información que se nos daba oficialmente era esperanzadora, sin ninguna clase de triunfalismos, y vivíamos tranquilos creyendo en una regeneración constante y milagrosa que en realidad no se producía. Poco a poco, sin darnos casi cuenta, nos hemos ido quedando sin remanente, y el empobrecimiento de nuestras aguas es francamente desolador. Bien es cierto que nuestra culpa (me refiero a la familia de pescadores) es sólamente pasiva, de creyentes de mucha fe, confiados en la buena intención y actuación de los demás. Digamos que es de los interesados colaterales que han vivido y viven explotando directa o indirectamente a esa frágil fauna piscícola o, por el contrario, a quienes les importa un bledo que estas especies existan o no, con tal de que el agua no falte aunque esté contaminada, para administrar sus caudales físicos, que también económicos. Estas familias de interesados colaterales han sido y son tan variadas como los propios intereses les han permitido, prescindiendo de contemplaciones ecologistas con ideales utópicos. Cada una ha mantenido su parcela de explotación ateniéndose a sus propios fines, olvidándose de la coexistencia y de los perjuicios que podían ocasionar, incidiendo todas en la explotación del agua, mas que como fuente de vida, como fuente de beneficios económicos incalculables. Son familias de diferente origen y extracto social, con mentalidades quizá opuestas, pudiendo agruparse en tres grupos muy significativos. Los fuera de la ley, al que pertenecen todos aquellos que de una forma u otra dedican su actividad a extraer por toda clase de medios, de día o de noche, la mayor cantidad de truchas u otros peces posible, obviando las normas y con el único propósito de conseguir beneficios económicos o comprar influencias a través del regalo. También los que han ejercido de mediadores o intermediarios, tales como recogedores de truchas, transportistas o cobradores de autobuses de línea, que dedicaron su tiempo a estos menesteres en las épocas de mayor extensión de su venta. También a los restaurantes, hoteles, bares, ventas, y demás establecimientos de hostelería que compraban dichas truchas, a sabiendas de que estaban pescadas ilegalmente. También a todos los que, bajo la capa de la legalidad, han empleado la picaresca en sus actuaciones, representando asociaciones para la pesca inmortal y transportando truchas viajeras y mortales en sus coches. También escondiendo los ejemplares pequeños. También descontando quizá algunas truchas y otros peces en los recuentos. También colocando banderillas, usando huevas de salmón y asticot simulando otros cebos, y un repertorio de etcéteras conocidas por todos. Explotadores La familia de los explotadores del agua en sí, empezando por el organismo que debería hacer cumplir la Ley, pasando por los usuarios de la misma, como industriales, ganaderos, agricultores, ayuntamientos y otros entes, donde se la trata convirtiéndola en un deshecho, y terminando por los habitantes de todos los lugares, que la usan y abusan sin control, nadie parece tener conocimiento del infinito mal que se le está infringiendo, y para los cuales la fauna piscícola no deja de ser un estorbo más, que podría restringirles su uso. Esta familia, a pesar de ser la más importante, parece no estar sometida a ninguna ley que la obligue a regenerarla una vez usada, puesto que las depuradoras que se han ido instalando con este fin antes de verter de nuevo en las riberas de los ríos, muchas de ellas son sólo aparentes, pues practican una picaresca basada en la oscuridad y en las riadas, además de enterarse siempre antes de que llegue la inspección. Como es natural, ninguno de estos organismos (léase C.H.D.) o industrias tiene que ver con el Organismo que a mi me gusta llamar Icona, a quien no se le debe ninguna obligación de coordinación, en evitación de mortandades de dimensiones incalculables. Los administradores Nos queda por relacionar la familia de los administradores de la fauna de nuestros ríos que, no dudando de la buena intención que hayan podido tener al respecto, lo cierto es que da la sensación de que no se actúa con energía en relación con los crímenes ecológicos, con las depuradoras, con los furtivos y la vigilancia nocturna, con los caudales adecuados, con las repoblaciones, con la investigación científica ejercida sobre la crianza y sobre la importación de especies exógenas, etc., y sin embargo se derrochan caudales en sistemas burocráticos complejos, en campañas de exterminación del lucio inadecuadas por su extensión (bien en las zonas trucheras reales, mal en el resto), en conservar un Consejo de Pesca dominado por ellos, en dictar cientos de normas (algunas inconcebibles, como prohibir el pez vivo para el lucio y designar zona de pesca sin muerte el pantano de Vegamián, lo que le ha convertido prácticamente en un vedado, con la excepción, eso sí, del coto de Vegamián, por los permisos que aporta, aunque no se pesque casi nada), etc. Luego estamos los componentes pasivos de una familia generalmente urbana que, lejos de los enclaves donde la trucha nace y se hace, vive y muere entre una naturaleza actualmente hostil, en contacto con los humanos de sus riberas, espera con candor el día o días de la semana en que podrá desplazarse hacia los lugares ideales, para deshacerse en lanzados y recogidas tratando de engañar a las pocas truchas que aún no han sido extraídas y vendidas, emocionándose sólo de pensar en los ejemplares que picarán su señuelo durante la jornada. Aportará su óbolo estipulado en licencias y permisos, y su preocupación no irá mas allá de su oficina, oficio o periódico, donde le indicarán que la cuestión marcha bien, y que la población acuática se mantiene, aunque sea a base de parches en las zonas mas visibles. Los campeonatos le convencerán de que la conservación funciona. Yo, desde que me he enterado de que para solucionar todos los problemas a pie de río que tiene Icona sólamente se dispone de tres personas en el edificio de la Junta, incluido el jefe de la Sección, señor Sancho, me convenzo mas de que estamos ante un organismo burocrático y político, donde lo que prima no es precisamente lo que preconizaban las siglas de Icona (Instituto para la Conservación de la Naturaleza). Si a algo hay que dedicar tiempo, personal y medios, deberá ser a la sección que tiene a su cargo todos los problemas y su solución. La responsabilidad de todo ello la tendrá que tener alguien y, como no sean los altos dirigentes de eso que llaman Medio Ambiente y que yo llamaría ambiente a secas, no veo otro rastro por donde buscar. ¿Cómo llamaríamos a un agua así tratada? Empobrecida todavía no sería el término adecuado, por benevolente.

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