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León

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Para quien no conozca el ajedrez de cerca todo parece un sin sentido. Que alguien esté mirando fijamente a un tablero cuadriculado durante horas para hacer un simple movimiento de peón, es algo que acaba con los nervios del más pintado. Pero no es así, y sino que se lo pregunten a Jaime Santos. Su capacidad memorística, sus reflejos y sus cualidades innatas para este deporte son poco habituales en niños de su edad. No así en niños prodigio o jugadores que han destacado enseguida en este campo. Cualquiera que vea jugar a Jaime dirá de inmediato que no se concentra pues tal es su movilidad ante el tablero que parece que no mira las piezas. Sus ojos recorren los escaques a gran velocidad y su capacidad de abarcar la totalidad de las piezas de un golpe de vista es asombrosa. Quien esto escribe le ha visto en simultáneas contra grandes campeones como Carlseen o Vallejo y he sido testigo de cómo, casi sin mirar, jugaba sus piezas «al toque» y se levanta como un rayo de su asiento dejando a su contrario pensativo ante el movimiento que le ha hecho. Otra cualidad de este joven es la de jugar partidas a la ciega.

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