Publicado por
RAMÓN DÍEZ
León

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SIEMPRE que se personaliza el éxito o el fracaso en un único jugador, suele caerse en la injusticia porque al fútbol juegan once y cada cual tiene, para bien o para mal, su cuota de responsabilidad. En un deporte colectivo la gloria o el fracaso deben compartirse, incluso con aquellos que ni siquera pisan el terreno de juego, como ocurrió ayer en El Toralín, donde el público fue, más que nunca, ese número doce que no marca, pero empuja y de qué manera. En lo que era una continuación del Día del Bierzo, la Deportiva no podía irse de vacío con un estadio casi lleno y entregando a una causa y con unos colores, a más no poder. Sin embargo, la tragedia se mascaba, la derrota se intuía y el primer fracaso del año flotaba en un ambiente festivo como nunca. El Conquense golpeó primero. Golpeó dos veces, que fueron muchas menos de las que merecía, si bien sólo su propia falta de definición fue responsable de ello. Y, como suele suceder muchas veces, al final terminó pagándolo con una derrota de las que, supongo, deben hacer mucho daño. Faltaba fuelle en los locales porque sobraron minutos en Palencia. Aquella prórroga de La Balastera era un lastre en las piernas de los locales. Amaral movió ficha por partida doble. Se la jugó porque al canario no le valen medias tintas. Todo o nada. Pudo estrellarse, pero ocurrió lo contrario. Al final el partido fue balsámico. Apareció por vez primera Óscar De Paula, en el primero de los muchos goles que se le intuyen. Y después surgió Ernesto, es chico menudo y de apariencia algo desgarbada que llegó de los mares del sur. Quizá de su pasado malagueño se ha traido al Bierzo la gracia del fútbol-arte, que suele ir aderezado con pinceladas de picaresca, al alcance de los más listos. Y él lo es. La bicicleta no arrancaba, pero siguió intentándolo con fe. Así ocurrió que un balón perdido en el corazón del área manchega, mereció su atención y salió de en medio de ninguna parte para sorpresa de un José Carlos anonadado por tan felina aparición. Le robó la cartera y el balón, siendo víctima luego de la lógica reacción del defensor. Penalti y expulsión. Puede que la Deportiva hubiera ganado igual, o tal vez no, pero ese instante mágico que llegaba con veinte minutos por jugarse hirió de muerte a los de Cazalilla, que ya no levantaron cabeza. Tan dura fue su derrota como celebrada por una grada con la que este equipo sigue en deuda.

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