Robinho e Iker rescatan al Madrid (4-2)
Dos goles del brasileño y las paradas del meta permitieron a los de Schuster imponerse en un partido que se les había puesto cuesta arriba con el gol de Julio César tras el descanso El Rosen
Robinho, el díscolo brasileño expedientado por llegar tarde tras irse de juerga, se reconcilió con sus detractores al hablar sobre el campo y firmar la remontada ante el Olympiakos con sus genialidades. Marcó dos, forzó un penalti que erró Van Nistelrooy, y se echó al equipo encima cuando más lo necesitaba. Sin olvidar a Casillas, inmenso cuando en los minutos finales sacó de forma milagrosa una volea de Kovacevic que suponía el empate, fue el hombre de un partido extraño en el que los de Schuster, una vez más, no dieron la talla. Sufrieron de lo lindo ante un rival que jugó más de 80 minutos con uno menos, y convirtieron lo que se presagiaba una noche tranquila en un cara y cruz. Sus desajustes defensivos son alarmantes y su ritmo cansino. Ganó cuando lo vio perdido por sus individualidades, por Robinho, por san Iker, y por un arreón de casta, a lo Capello. Con Gago en lugar de Diarra, el Madrid debería tener mejor salida del balón y no depender tanto de Guti. Pero el problema es más de ritmo, de movilidad, de chispa. Raúl abrió el partido a los dos minutos, tras aprovechar un rechace del portero a remate del holandés. El Madrid disfrutaba del arranque soñado y parecía dispuesto a conseguir una goleada. Pero se distrajo una vez más en defensa y Galletti le empató cinco minutos después. En la reanudación, los helenos se atrincheraron y el Madrid quiso ser paciente. Pero ocurrió que la defensa blanca se durmió en una acción de estrategia, permitió sorprender al central Julio César, otro ex, y se complicó el partido. Había llegado la hora de cambiar el estilo, de sacar la casta, de tocar a rebato, de la revolución, de la magia de Robinho. Schuster acertó al quitar a Salgado y apostar por Higuaín. Y el Madrid renació de la mano de Robinho para imponerse en la contienda.