Diario de León

El club del euro impone su ley

Los socios de la moneda única arrinconan a Reino Unido y avanzan hacia una nueva UE de la disciplina y la austeridad. Los euroescépticos británicos aplauden el divorcio.

Durao Barroso charla con Cameron al comienzo del segundo día de la reunión de Bruselas.

Durao Barroso charla con Cameron al comienzo del segundo día de la reunión de Bruselas.

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iñaki castro | bruselas
León

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Hace solo unos días, la Cámara de los Comunes hervía con un debate previo a la cumbre del jueves y el viernes en Bruselas. En plena agitación parlamentaria, un diputado euroescéptico le exigió a David Cameron que exhibiera ante sus socios europeos el «espíritu» del bulldog británico, la icónica imagen que sirve de marca al país y rememora la resistencia de Winston Churchill frente a los nazis. El líder conservador se lo tomó al pie de la letra. En una decisión que ni siquiera Margaret Thatcher se atrevió a adoptar, vetó la reforma del Tratado de la UE para avanzar hacia la integración fiscal. La respuesta de sus socios fue igual de histórica. Liderada por el club del euro, Europa seguirá adelante sin Londres.

Las consecuencias del veto de Cameron, que fue vitoriado por sus correligionarios tras su regreso a casa, habrá que analizarla con perspectiva, pero ayer ya se intuían algunos cambios de fuerte trascendencia. «El gran divorcio europeo», constataba The Economist antes de advertir de que el eje franco-alemán sale todavía más reforzado con el nuevo escenario. En realidad, toda la Eurozona afianza su poder en el seno de los Veintisiete.

La cumbre ha dejado claro que la moneda única impone su ley en el bloque. Acorrolados por la crisis, los 17 países integrados en la divisa común han tomado difinitivamente el timón en Bruselas y el que no siga sus pasos, simplemente, se quedará aislado.

Aunque en estas últimas semanas había resucitado el temor a la Europa a dos velocidades, lo cierto es que el bloque hacía tiempo que se movía a ritmos distintos. Desde que el euro empezó a cobrar vida con el Tratado de Maastricht hace ahora veinte años, los miembros de la divisa común viajaban en los primeros vagones del tren europeo. Actualmente, 17 socios lo llevan en sus bolsillos, pero casi todos están obligados a adoptarlo tarde o temprano. Solo Reino Unido y Dinamarca negociaron que permanecerían al margen de la Unión Monetaria. Además, Suecia se encuentra en una especie de limbo porque sus ciudadanos rechazaron el ingreso en un referéndum celebrado en el 2003.

Fallida Constitución. Hasta el estallido de la crisis de la deuda hace un año y medio, la Europa del euro y el resto habían convivido en cierta armonía. Incluso, la gran preocupación de la UE a lo largo de casi toda la pasada década era su futuro político. Durante años, se negoció la fallida Constitución a la que sucedió en el 2009 el Tratado de Lisboa que esta semana quería modificarse. Sin embargo, el desplome de Grecia, Irlanda y Portugal ha acabado cambiándolo todo. El primer efecto de este descalabro fue la incontestable supremacía alemana. Apoyado en su poderío exportador, Berlín ha pilotado toda la respuesta a la crisis.

Merkel impuso como primer objetivo la Europa de la austeridad. Todos los socios en apuros debían recortar sus déficits de manera implacable y poner en marcha reformas estructurales.

El plan de Merkel y Sarkozy, hecho público el pasado lunes, tenía enfrente el muro de la unanimidad. Los Veintisiete necesitaban ponerse de acuerdo para que el Tratado de Lisboa pudiera modificarse. Los líderes del eje franco-alemán anunciaron que no les temblaría el pulso a la hora de considerar un pacto alternativo solo para la Eurozona. Uno de los principales destinatarios del mensaje era Cameron. Presionado por los euroescépticos, se vio obligado a comprometerse con una defensa inquebrantable de los «intereses británicos».

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