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César Muñoz - washington
León

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Rodrigo Rato cumplirá mañana un año al frente del FMI, donde ha demostrado su habilidad política en un organismo criticado por su rudeza, pero su temple sólo se pondrá a prueba cuando haya una crisis económica, según los expertos. El Fondo Monetario Internacional (FMI) es la institución pública financiera más importante del mundo y su director gerente es algo más que un funcionario gris, pues se codea de igual a igual con presidentes de naciones. Pero el sillón del piso 12 de su sede en Washington no es tan cómodo como podría parecer. El FMI es un blanco predilecto de la derecha en algunos países desarrollados, que prefiere la libre acción de los mercados, y de la izquierda en los países en vías de desarrollo, que rechaza las condiciones que exige a los países miembros para recibir sus fondos. A Rato le ha sonreído la suerte. El año pasado, cuando llegó al FMI, el mundo creció un 5,1%, una tasa extraordinariamente alta. Rato ha aprovechado para ponerse al día sobre la estructura financiera mundial con una agenda de viajes alrededor de la Tierra no imaginada por Julio Verne. Hasta ahora ha realizado 28 giras internacionales, seis de las cuales han sido por América Latina, para cuidar las relaciones con los 184 países miembros del organismo. «Tiene un instinto político muy bueno y ha causado una buena impresión por su habilidad en las interacciones políticas», dijo Desmond Lachman, un ex alto funcionario del FMI y ex director gerente del banco de inversión Salomon Smith Barney. No es para menos. Rato es un político por vocación, no un tecnócrata, que dirigió la política económica española como ministro durante ocho años. Pero su consciencia de los condicionantes políticos no ha empapado al resto de la institución, según Miguel Díaz, un analista latinoamericano. «Todavía no entienden las repercusiones políticas de lo que recomiendan a los gobiernos», explicó.

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