Marruecos no es la excepción
Con los resultados de las elecciones del viernes, Marruecos se convierte en uno más de los países árabes donde unas elecciones son ganadas por un partido islamista, como ha sucedido en Túnez y puede suceder en Egipto.
Durante décadas, se ha utilizado en el país, desde la derecha y la izquierda, la tesis de «la excepción marroquí» para recordar que en Marruecos no cabe emplear los mismos argumentos que en los demás países árabes por razones históricas y por la particularidad de la monarquía. Sin embargo, las cadenas de televisión árabes, que se siguen en Marruecos con la misma fruición que en Jordania o Irak, el ascenso de los partidos de referencia islámica y la emergencia de generaciones jóvenes más influidas por modas y corrientes árabes que europeas indican más bien lo contrario.
La tan cacareada «primavera árabe» también llegó a Marruecos en febrero, con sus manifestaciones callejeras y de exigencia de mayor democracia. Y como en los demás países, este fenómeno aguantó el verano y también el otoño, pues el movimiento democratizador, bautizado como «20 de febrero», ha conseguido tener una presencia no masiva pero sí continuada en casi todas las ciudades grandes y medianas del país y ha encabezado un «frente del boicot» en las elecciones del viernes.
Como recordaba recientemente el profesor de Ciencias Política Mohamed Madani, hay en los últimos años, y particularmente en los últimos meses, un cambio fácilmente perceptible en la sociedad marroquí: la menor tolerancia a la corrupción y una relación más equilibrada del ciudadano con el Estado que ya no se basa únicamente en el miedo. En esto, tampoco Marruecos es la excepción. Madani añadía que todos los países árabes, y no sólo Marruecos, han utilizado el pretexto de su «excepcionalidad» para bloquear y retrasar la democracia, arguyendo razones religiosas, étnicas o de seguridad para justificar la necesidad de regímenes autoritarios.