Resignados al silencio
El silencio son personas que caminan entre militares y policías por el corazón, marchito, de la capital comunitaria un 23 de noviembre del siglo XXI. El silencio es el metro cerrado un día laborable. El silencio son los colegios de la capital de la UE y de la OTAN cerrados por el miedo al terror yihadista. El silencio son decenas de miles de niños escuchando excusas de todo tipo para decirles que en Bruselas, hay lunes que son domingos. El silencio es el martillero de los carpinteros que están montando el belén (literal) de la Grand Place. El silencio son calles desiertas y comercios cerrados. El silencio son cientos de carteles pidiendo disculpas porque la Policía ha recomendado bajar la persiana. El silencio son grandes hoteles custodiados por militares. El silencio son calles desiertas. El silencio es el miedo a no saber qué pueda ocurrir en cualquier esquina, en cualquier momento. El silencio es sufrir otro París. El silencio es Bruselas.
Ayer salió el sol en la capital belga. Un sol de esos que alegran el día a los bruselenses, demasiado acostumbrados a convivir con la escala de grises. Era un sol triste, la sensación era de fracaso colectivo. Algo te llevaba a caminar cabizbajo, serio, muy pendiente de no hacer movimientos extraños. Hizo frío, muchísimo. Los más trasnochadores sabían que a eso de la una de la madrugada, la Fiscalía Federal anunció la detención de 16 personas en 19 registros realizados por todo el país. Una operación que sin embargo no logró el cometido pretendido, la caza del hombre más buscado, del octavo terrorista de París: Salah Abdeslam, lo más parecido al demonio para muchos belgas.
La atracción militar
Los turistas escaseaban, pero hombre, ya que uno va a Bruselas, qué menos que hacerse un selfie con la tanqueta apostada en la Grand-Place o frente a Gare Central. Impacta ver una y otra vez este tipo de instantáneas, aunque pensándolo mejor, quizá una sonrisa sea el mejor remedio para superar el miedo. Existe, sin duda. Se lleva mejor o peor, pero se palpa en el ambiente. «Si el Gobierno decide cerrar el metro y los colegios es porque pasa algo muy grave», reconoce Antoine, un bruselense que el domingo por la noche se topó de bruces con la espectacular operación policial en el torno de la Grand Place. «Los agentes llevaban la pistola desenfundada. Aún estoy alucinando», describe. Sin metro y con 400.000 personas que se desplazan a diario procedentes de Valonia y de Flandes, Bruselas esperaba el caos. Lejos de lo esperado, supo vivir con enorme normalidad gracias a eso que se llama teletrabajo.